La adopción (2)
Definición
Del gr. huithesia, estar en lugar de hijo] El vocablo, en el Nuevo Testamento, describe el hecho de que Dios recibe como hijo a alguien que, legal y espiritualmente, no goza del derecho de tenerlo como Padre. A partir de este momento, comienza ese alguien a disfrutar de todos los privilegios que Dios, desde la más remota eternidad, preparó a los que aceptan a Cristo como el único y suficiente Salvador.
Por ser una doctrina exclusivamente paulina, el vocablo “adopción” se encuentra sólo en las cartas del apóstol (Romanos 8:15, 23; 9:4; Gálatas 4:5; y Efesios 1:5).
La adopción como resultado de la salvación
Pablo enseña que el don de la justificación (esto es, el ser aceptados en el presente por Dios, como Juez del mundo) trae consigo la categoría de filiación por adopción (es decir, una intimidad permanente con Dios, como Padre celestial nuestro, Gálatas 3:26; 4:4–7). En el mundo de Pablo, la adopción se solía realizar de ordinario a favor de varones adultos jóvenes de buena personalidad, que se convertían en herederos y mantenían el nombre familiar de la persona rica que no había tenido hijos. En cambio, Pablo proclama aquí la misericordiosa adopción por parte de Dios, de personajes de mala catadura, para que se conviertan en “herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Romanos 8:17).
La justificación es la bendición básica, y en ella se apoya la adopción; la adopción es la bendición coronante, hacia la cual la justificación limpia el camino. La categoría de adoptados les pertenece a todos los que reciben a Cristo (Juan 1:12). La categoría de adoptados que poseen los creyentes significa que en Cristo y por medio de Él, Dios los ama como ama a su Hijo unigénito, y compartirá con ellos toda la gloria que le pertenece ahora a Cristo (Romanos 8:17, 38–39). Aquí y ahora, los creyentes se hallan bajo el cuidado y la disciplina paternales de Dios (Mateo 6:26; Hebreos 12:5–11) y son dirigidos, en especial por Jesús, a vivir su vida entera a la luz del conocimiento de que Dios es su Padre de los cielos. Así deben dirigirse a Él cuando oren (Mateo 6:5–13), imitarlo (Mateo 5:44–48; 6:12, 14–15; 18:21–35; Efesios 4:32–5:2), y confiar en Él (Mateo 6:25–34), expresando de esta forma el instinto filial que el Espíritu Santo ha implantado en ellos (Romanos 8:15–17; Gálatas 4:6).
