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Pablo subraya así en el versículo 13 de Filipenses 2 que la salvación viene de Dios. No obstante, en el versículo 12 él se centra en la responsabilidad de los creyentes de llevar una vida de acuerdo con el don divino de la salvación. Ya que “vivimos por el Espíritu”, es decir, tenemos la vida de Cristo en nosotros, “andemos también por el Espíritu” (Gá. 5:25).
Todo en la vida necesita energía. Se requiere energía para caminar y trabajar, Se requiere energía para pensar y meditar, y también para obedecer y adorar a Dios. Lo que dice este versículo es que se requiere energía espiritual para crecer como cristiano, llevar una vida santa, fructífera, y agradable al Señor. El verbo central de este versículo, katergazomai (ocuparse), pide específicamente la energía y el esfuerzo constante que precisa la culminación de una tarea. En 2:12, las palabras de Pablo sugieren cinco verdades que los creyentes deben comprender a fin de mantener dicha energía: el ejemplo que deben seguir, la realidad de que son amados, su obediencia, sus responsabilidades y recursos personales y las consecuencias de su pecado.
I-COMPRENDER EL EJEMPLO QUE DEBEN SEGUIR
Por tanto, (2:12a)
La primera verdad para que los creyentes se ocupen en su santificación es comprender el ejemplo de Cristo. Por tanto es la traducción de la partícula griega hōste, que se empleaba para extraer una conclusión a partir de una declaración anterior. Aquí hace referencia al ejemplo de Jesucristo, cuyo modelo perfecto de humildad, sumisión y obediencia se describe en los versículos 5–8. En su encarnación, Jesús no se aferró a su igualdad con Dios Padre, sino que se despojó a sí mismo de sus derechos y prerrogativas divinas. Tomando forma de un siervo humilde, fue obediente a su Padre celestial, hasta el punto de morir en la cruz como sacrificio por el pecado. También al despojarse a sí mismo, el Hijo de Dios se puso como siervo de la voluntad del Padre y del poder del Espíritu Santo. Una de las mayores realidades de la encarnación fue el hecho de que Jesús lo hizo todo en el poder del Espíritu (Lc. 4:1, 14, 18; 5:17; Hch. 10:38; cp. Mt. 12:18, 28–32). La esencia de la vida cristiana es ser obediente como Él lo fue: “El que dice que permanece en él [Cristo], debe andar como él anduvo” (1 Jn. 2:6).
II-COMPRENDER LA REALIDAD DE QUE SON AMADOS
amados míos, (2:12b)
Las siguientes palabras de Pablo sugieren una segunda verdad por la cual deben ocuparse los creyentes en su santificación: comprender que son muy amados. Amados míos era sin duda una expresión de aliento y consuelo. El apóstol sabía que los filipenses enfrentarían muchas decepciones y fracasos al buscar seguir el ejemplo del Señor y vivir para Él. El amor de Pablo por ellos era reflejo del amor de Cristo por su Iglesia (cp. 1:8).
Pablo conocía muy bien las debilidades y fallas de sus hermanos. Él era consciente de los peligros que enfrentaban por causa de los falsos maestros, tanto de judíos legalistas como de gentiles libertinos. De todos ellos dijo: “Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal” (Fil. 3:18–19). Él estaba al tanto del conflicto entre Evodia y Síntique, hermanas en Cristo a quienes exhortó a ser “de un mismo sentir en el Señor” (4:2). Es probable que muchos creyentes en la iglesia propendieran al orgullo, de ahí el llamado imperioso a seguir el ejemplo de humildad de Cristo (2:1–8). Tal como el Señor lo trató a él y trata a todos sus hijos, el apóstol se mostró paciente con sus fallas. Ellos no servían a una deidad cruel e inmisericorde, como sus vecinos paganos. Ellos servían a un Señor lleno de gracia, misericordia y perdón que siempre estaba dispuesto a restaurarlos a la comunión con Él.
A pesar de sus imperfecciones, los creyentes filipenses eran los amados hermanos de Pablo y del Señor, a quienes amaba “con el entrañable amor de Jesucristo” (1:8). En 4:1 él se refiere dos veces a ellos como sus “amados”, y como su “gozo y corona”, a quienes anhelaba ver y animar a permanecer “firmes en el Señor”. Él entendió que, como él mismo, ellos aún no eran “perfectos”, y que también proseguían para lograr “asir aquello para lo cual [habían sido] también [asidos] por Cristo Jesús”, sin pretender “haberlo ya alcanzado… olvidando ciertamente lo que queda atrás, y [extendiéndose] a lo que está delante”, y fielmente “[proseguían] a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (3:12–14).
El encargo de Pablo para ellos de ocuparse en su salvación no era una instrucción en tono indiferente. Era más bien un llamado afectuoso a seguir el ejemplo de Cristo confiados en su amor y practicando lo que aprendieron y recibieron y oyeron y vieron en Pablo (4:9).
III-COMPRENDER LA OBEDIENCIA
como siempre habéis obedecido, (2:12c)
El tercer elemento por el cual deben ocuparse los creyentes en su santificación es comprender la necesidad de la obediencia al Señor. Pablo anima a los filipenses a perseverar en la fiel sumisión a la voluntad de Dios. Obedecido es la traducción de una forma de hupakouō, un verbo compuesto por la preposición hupo y el verbo akouō, del cual se deriva la palabra acústica. El significado fundamental del verbo compuesto es ponerse bajo lo que se ha dicho, y por tanto someterse y obedecer. Es evidente que un creyente debe escuchar la Palabra de Dios antes de obedecerla, de modo que este es un llamado indirecto a los creyentes a seguir en su estudio y obediencia a las Escrituras (cp. Mt. 28:19–20).
Lidia obedeció la Palabra cuando escuchó la predicación de Pablo. Ella adoraba a Dios, y mientras “estaba oyendo… el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía” (Hch. 16:14). Lo mismo sucedió con el carcelero filipense, el cual estaba seguramente entre los destinatarios de la carta del apóstol. Después que Pablo y Silas “hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa… él, tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas; y en seguida se bautizó él con todos los suyos” (Hch. 16:32–33). De igual forma, los judíos en Berea “recibieron la palabra con toda solicitud”, porque “[escudriñaban] cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hch. 17:11).
El mandato de Dios para Pedro, Jacobo, y Juan en el monte de la transfiguración es para todos: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mt. 17:5). Predicar el evangelio es más que la simple comunicación de la fe de alguien y una invitación. Es llamar a los pecadores a obedecer a Dios, “para la obediencia a la fe… por amor de su nombre” (Ro. 1:5). Ser salvo es “[obedecer] al evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Ts. 1:8; cp. Ro. 6:17; 1 P. 1:2). Los creyentes deben mirar “con diligencia cómo [andan], no como necios sino como sabios” (Ef. 5:15). Pablo le escribió a Tito: “Palabra fiel es esta, y en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles a los hombres” (Tit. 3:8). El autor de Hebreos les encomienda a los creyentes: “Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia” (He. 4:11). La Gran Comisión de Jesús incluye el mandato de enseñarles a quienes se convierten de “todas las naciones… que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28:19–20). La obediencia es vital para la santificación, pues no puede existir sin ella.
IV-COMPRENDER LAS RESPONSABILIDADES Y RECURSOS PERSONALES
no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, (2:12d)
El cuarto aspecto por el cual deben ocuparse los creyentes en su santificación es comprender sus responsabilidades y recursos personales. Puesto que los creyentes son pecadores, tienden a justificarse, a culpar las circunstancias o a otros por sus problemas y fallas. Pablo felicita a los filipenses por su ejemplo de obediencia fiel a Cristo en la presencia de Pablo. Ahora continúa diciéndoles que debían obedecer igualmente en su ausencia.
El lazo afectivo entre Pablo y la iglesia de Filipos era particularmente profundo y fuerte. Esos creyentes habían gozado del increíble privilegio de ser enseñados por Pablo, quizá el mayor maestro de la Palabra de Dios que el mundo haya conocido nunca, a excepción del Señor Jesucristo. Gran parte de lo que él enseñó, predicó, y escribió llegó a incluirse en las Escrituras, como son trece libros del Nuevo Testamento. Habría resultado en extremo difícil que muchos creyentes filipenses desarrollaran una dependencia tan particular de tan noble siervo de Dios de no haber sido así.
Pero, en el momento de escribir, Pablo estaba a cientos de kilómetros de distancia, encarcelado en Roma. El único medio de contacto eran las cartas, como esta, y noticias esporádicas de amigos. Con todo, por difícil y desalentadora que fuera la situación, Pablo les recuerda que su responsabilidad espiritual no era con él, sino con el Señor. Debían obedecer al Señor a pesar de la ausencia de Pablo.
El apóstol reitera una exhortación anterior: “Solamente que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo, para que o sea que vaya a veros, o que esté ausente, oiga de vosotros que estáis firmes en un mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del evangelio” (1:27). Aquí señala que un creyente verdadero es responsable en todo tiempo de obedecer al Señor. Los creyentes nunca deben depender en primer lugar de un pastor, un maestro, de la comunión cristiana, ni de cualquier otra cosa para su crecimiento y fortaleza espiritual. El ejemplo supremo que tienen es el Señor Jesucristo, y el verdadero poder que reciben viene del Espíritu Santo. Como creyentes, es una dicha poder siempre contar con el ejemplo de Cristo y con el poder del Espíritu.
V-COMPRENDER LAS CONSECUENCIAS DEL PECADO
ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, (2:12e)
El quinto motivo para que los creyentes se ocupen en su santificación es comprender las consecuencias del pecado. Aunque Dios ama, y es misericordioso y perdonador, nunca exime a los creyentes de su responsabilidad frente a la desobediencia. Al igual que Juan, Pablo comprendía bien que “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:8–9). Sabiendo que sirve a un Dios justo y santo, el creyente fiel vivirá siempre con temor y temblor. Temor es la traducción de phobos, que describe terror o espanto (cp. Mt. 14:26; Lc. 21:26; 1 Co. 2:3) así como temor reverencial (cp. Hch. 2:43; 9:31; 2 Co. 5:11; 7:1). Temblor viene de tromos, que se refiere a sacudir, y da origen a la palabra tremor. Ambas son reacciones apropiadas cuando alguien se percata de su propia debilidad espiritual y del poder de la tentación. El Señor busca esa actitud en sus hijos, como lo indica su Palabra en Isaías 66:2: “miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra”.
Una importante verdad del Antiguo Testamento es: “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová” (Sal. 111:10; cp. Pr. 1:7; 9:10). No se trata del temor de estar condenado al tormento eterno, ni un pavor irremediable al juicio que lleva a la desesperación. Es más bien un temor reverencial, una preocupación santa por darle a Dios el honor que merece y evitar el castigo que viene por desagradarle. Ese temor constituye una protección contra la tentación y el pecado, y una motivación para llevar una vida obediente y piadosa.
Siendo consciente de su propia debilidad personal, Pablo habló de su “temor y temblor” al ejercer su ministerio en la iglesia de Corinto (1 Co. 2:3), y más adelante se refirió a los creyentes que recibieron a Tito con el mismo “temor y temblor” (2 Co. 7:15). Esa clase de “temor y temblor” se relaciona íntimamente con la obediencia al Señor y con el amor y afecto por Él y por los hermanos creyentes. Por ese motivo Salomón pudo decir: “Bienaventurado [feliz] el hombre que siempre teme a Dios” (Pr. 28:14).
Dicho temor significa, entre otras cosas, dudar de uno mismo, tener una conciencia sensible, y velar para no caer en tentación. Esto precisa resistir el orgullo, y estar siempre consciente del engaño del corazón, así como de la sutileza y fuerza de la corrupción que hay en el interior de cada uno. Es un pavor que busca evitar ofender y deshonrar a Dios de cualquier forma.
Los creyentes deberían tener un serio temor del pecado y anhelar lo que es justo delante de Dios (cp. Ro. 7:14ss). Al ser conscientes de su debilidad y del poder de la tentación, deberían temer caer en pecado y entristecer así al Señor. El temor santo los preserva de influir negativamente en otros creyentes, de hacer concesiones en su testimonio y ministerio ante el mundo incrédulo, de enfrentar el castigo del Señor, y de perder el gozo.
Esa clase de temor y temblor piadoso es mucho más que tan solo reconocer la pecaminosidad personal y la debilidad espiritual. Es un temor reverente y solemne, que fluye de la adoración y el amor profundos. Es un temor que ve en todo pecado una ofensa contra un Dios santo, y que produce un deseo sincero de no ofenderle ni entristecerle, sino de obedecerle, honrarle, agradarle, y glorificarle en todo. Quienes temen al Señor reciben de buena gana su castigo, pues saben que Dios nos disciplina “para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad” (He. 12:10). Este temor y temblor moverá a los creyentes a orar con fervor para pedirle a Dios su ayuda para huir del pecado, como el Señor les enseñó: “Y no nos metas en tentación, mas líbranos [sálvanos] del mal” (Mt. 6:13). Esa oración evidencia también la tensión espiritual que existe entre la responsabilidad del creyente y el poder de Dios.
Ocupaos es la traducción de una forma moderada del imperativo presente de katergazomai, y señala un mandamiento de importancia constante. La idea es: “Sigan ocupándose hasta el cumplimiento total, final”. Heautōn, traducido aquí vuestra, en realidad tiene un sentido más acentuado, como “vuestra propia”. El mandato para los creyentes es realizar un esfuerzo permanente para ocuparse de la consumación de su salvación, la que recibieron por gracia de Dios por medio de su fe en Jesucristo.
El principio de ocuparse en la salvación tiene dos aspectos.
El primero tiene que ver con la conducta personal, el diario vivir en fidelidad y obediencia. Dicha obediencia comprende sin duda un compromiso activo y un esfuerzo personal, y para esto las Escrituras abundan en preceptos tanto negativos como positivos. Cualquier forma de pecado debe abandonarse, sacarse y en su lugar debe reinar la justicia en el modo de pensar. Los creyentes deben limpiarse “de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Co. 7:1), poner la mira “en las cosas de arriba, no en las de la tierra”, porque han muerto al pecado y sus vidas están ahora “[escondidas] con Cristo en Dios” (Col. 3:2–3). Así como ya “[presentaron sus] miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad”, deben “ahora para santificación [presentar sus] miembros para servir a la justicia” (Ro. 6:19), andando “como es digno de la vocación con que fuisteis llamados” (Ef. 4:1).
El apóstol exhortó a los Corintios a esforzarse al máximo para vivir como cristianos:
¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado (1 Co. 9:24–27).
Más adelante, sus palabras en esta carta instan a una vida cristiana radical:
No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios. Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa (Fil. 3:12–16)
Él exhortó a Timoteo: “huye de estas cosas [malas], y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos” (1 Ti. 6:11–12; cp. 4:15–16; He. 12:1–3). Pablo escribió a los colosenses:
Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos. La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales. Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él (Col. 3:12–17; cp. vv. 5–11).
Si vivir la vida cristiana fuera un simple asunto de rendición y entrega pasiva, de “soltar y dejar que Dios haga”, entonces estas exhortaciones no solo serían superfluas sino impertinentes. Antes bien, estas exhortaciones y muchas similares que hay en la Palabra de Dios, dan por sentado que los creyentes son responsables de su obediencia. Ellos deben tomar la determinación de vivir de manera justa, de ocuparse en su salvación en su vida diaria, mientras reconocen que toda la capacidad para obedecer viene del Espíritu de Dios.
El segundo aspecto para ocuparse de la salvación es la perseverancia, la obeciendia fiel hasta el final.
La salvación tiene tres dimensiones: pasado, presente y futuro. La dimensión pasada es la justificación, el momento en que los creyentes pusieron su fe en Jesucristo como Salvador y Señor, y fueron redimidos. La dimensión presente es la santificación, el período comprendido entre la justificación del creyente y su muerte o arrebatamiento. La dimensión futura es la glorificación, cuando la salvación se completa y los creyentes reciben sus cuerpos glorificados. Por consiguiente, los creyentes han sido, están siendo, y serán salvos. Deben procurar la santificación en esta vida para el tiempo de la glorificación. En aquel día glorioso los creyentes verán al Señor “cara a cara” y conocerán todo como fueron conocidos (1 Co. 13:12). Ellos serán “semejantes a él, porque le [verán] tal como él es” (1 Jn. 3:2). Era ese día glorioso lo que Pablo tanto anhelaba. Con la expectación de ese momento exclamó:
Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos. No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús (Fil. 3:8–14).
Debido a que el cumplimiento de esa esperanza era una certeza que Dios estableció, Pablo podía afirmar con absoluta confianza que “ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos” (Ro. 13:11). Aunque aún no se ha consumado, el testimonio de las Escrituras es que la salvación de todo creyente está totalmente asegurada.
En su discurso en el Monte de los Olivos, Jesús declaró: “el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mt. 24:13). Pablo y Bernabé persuadieron a los nuevos creyentes en Antioquía de Pisidia “a que perseverasen en la gracia de Dios” (Hch. 13:43) y los exhortaron “a que permaneciesen en la fe” (14:22). En su carta a la iglesia en Roma, Pablo declaró que Dios dará vida eterna “a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad” (Ro. 2:7; cp. 11:22). A los colosenses prometió que Cristo los presentaría delante de Dios Padre “santos y sin mancha e irreprensibles… si en verdad [permanecen fundados y firmes en la fe, y sin [moverse] de la esperanza del evangelio que [han] oído” (Col. 1:22–23). Asimismo, exhortó a Timoteo: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Ti. 4:16). El autor de Hebreos escribe: “somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio” (He. 3:14; cp. 8:9; 10:38–39; cp. Stg. 1:22–25). En cada una de sus cartas a las siete iglesias en Asia, el Señor describe a los creyentes como vencedores (Ap. 2:7, 11, 17, 26; 3:5, 12, 21).
Perseverar en la fe es el deber de todo verdadero creyente, aunque no el poder de su seguridad. Es, sin embargo, la evidencia inequívoca e ineludible del poder divino que actúa en el alma (Col. 1:29).
Los creyentes perseverarán porque el poder de Dios guarda su salvación. Jesús recalcó esa verdad en numerosas ocasiones. A las multitudes en Capernaúm dijo claramente: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero” (Jn. 6:37, 39). Luego, en Jerusalén, declaró: “y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará d1
1 MacArthur, J. (2012). Filipenses, Colosenses, y Filemón (Vol. 1, pp. 158–166). Grand Rapids, MI: Portavoz.
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