Marcos 10:46
El ciego Bartimeo recibe la vista
El ciego Bartimeo recibe la vista
(Mt. 20.29–34; Lc. 18.35–43)
46Entonces vinieron a Jericó; y al salir de Jericó él y sus discípulos y una gran multitud, Bartimeo el ciego, hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino mendigando. 47Y oyendo que era Jesús nazareno, comenzó a dar voces y a decir: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí! 48Y muchos le reprendían para que callase, pero él clamaba mucho más: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí! 49Entonces Jesús, deteniéndose, mandó llamarle; y llamaron al ciego, diciéndole: Ten confianza; levántate, te llama. 50El entonces, arrojando su capa, se levantó y vino a Jesús. 51Respondiendo Jesús, le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Y el ciego le dijo: Maestro, que recobre la vista. 52Y Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y en seguida recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino.
Este es el último milagro de sanidad que Marcos registra, y revela en forma especial la ternura y disposición del Señor hacia el servicio.
No hay contradicción entre lo que dice aquí: “al salir de Jericó”, y Lc. 18:35: “acercándose Jesús a Jericó”. Sucede que había dos Jericós, la ciudad vieja y la nueva, separadas entre sí, de manera que probablemente este milagro tuvo lugar entre ambas.
a. Su condición de necesidad (v. 46) descrita con unos pocos trazos magistrales. Bartimeo era ciego, como resultado era pobre y se veía obligado a mendigar. Dependía de otros para su ayuda y sostén. ¡Cuán miserable, pues, era su posición!
Sólo Marcos menciona su nombre, quizás porque era conocido en la iglesia del tiempo de los apóstoles. Mateo, en su relato paralelo (20:30), indica que Bartimeo tenía un compañero, quizás más silencioso que él y razón por la cual ni Marcos ni Lucas hacen referencia a él.
b. Su clamor angustioso (vv. 47, 48).
(i) La oportunidad que se le presentó (v. 47) era única, pues Jesús no volvería por allí. Al oír que pasaba Jesús, enseguida comenzó a dar voces y a llamarlo. No podía verlo para acercarse, pero sí podía clamar. Sin duda, había oído hablar de él y de los milagros que había hecho, y había llegado a la conclusión de que Jesús era el único que podría hacer algo por él.
Su fe discernió en Jesús al Hijo de David, el Mesías tan esperado. Es la primera vez que en Marcos se emplea este título. ¡Qué paradoja! ¡Mientras Israel era ciega a la presencia del Mesías entre ellos, un judío ciego sí lo percibió! Notemos que el Señor no le reprendió por emplear este título sino que lo aceptó porque le correspondían.
(ii) Los obstáculos que superó (v. 48), representados en aquellos que quisieron hacerlo callar. Probablemente lo consideraban una molestia, y podrían resentir cualquier demora posible. Tal vez, había otros que se oponían a lo que Bartimeo estaba diciendo. Sin embargo, todo esfuerzo para silenciarlo fue en vano. Nada le impediría ser escuchado. No cedió a las presiones de los que le rodeaban. Sabía lo que quería y nadie podría impedir que lo consiguiera.
Su fe le hizo clamar hasta ser oído. Quizás había escuchado la promesa “Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo” (Jl. 2:32).
c. La compasión del Señor (v. 49). ¿Pasaría de largo el Maestro? ¿Habría de hacer oídos sordos a su clamor? Claro que no.
(i) Se detuvo en el camino porque distinguió el clamor del ciego entre todas las demás voces a su alrededor. Ni con Bartimeo ni ahora está demasiado ocupado para atender el clamor de un alma necesitada (Sal. 34:6; 145:18, 19). Además apreciamos:
(ii) Su disposición para atenderlo. Bartimeo había clamado al Señor, quien entonces lo llama. ¡Qué alegría y seguridad le habrán proporcionado las palabras “Te llama”! Notemos que el Señor se valió de otros para hacerle llegar su mensaje (2 Co. 5:20, 21).
d. La confianza que demostró (vv. 50, 51):
(i) Abandona todo impedimento posible (v. 50a). “Arrojando su capa”, donde seguramente guardaba el dinero que le daban, y que le servía de abrigo a la noche. No quería correr el riesgo de tropezar al ir al encuentro del Hijo de David. Así el Señor quiere que abandonemos nuestra ‘capa’ de respetabilidad, temor al hombre, autoconfianza, y todo otro impedimento que pueda interponerse en el camino hacia Dios.
(ii) Acude al Señor en forma inmediata (v. 50b), sin demora alguna, y lo hace esperanzado.
(iii) Afirma su necesidad (v. 51). Bartimeo sabía exactamente cuál era su mayor necesidad. Por eso no se acobardó y pidió un milagro.
El Señor le preguntó qué quería que le hiciera no porque no lo supiera sino porque deseaba que Bartimeo hiciese pública su petición, que expresara su necesidad y evidenciara su fe. Al decir “Maestro”, empleó el título “Rabboni”, que significa “mi maestro”. Era, pues, una expresión de fe personal.
El Señor también pregunta hoy: “¿Qué quieres que te haga?” Es como si nos ofreciese un cheque en blanco, firmado por él, para que lo llenemos con lo que necesitamos.
e. La consecuencia gloriosa (v. 52):
(i) Salvado por fe (v. 52a). Bastaron las palabras “Vete, tu fe te ha salvado” para que el prodigio soñado se convirtiese en una realidad palpable. El resultado fue inmediato, sus oios fueron abiertos.
(ii) Siguiendo con gozo (v. 52b). Su gratitud al Señor se expresó en un discipulado fiel y en alabanza a Dios (Lc. 18:43). Asimismo, él fue el motivo de la alabanza de otros.
Sin duda esto alentó y alegró el corazón de Jesús en su camino hacia Jerusalén.
Leemos en estos versículos un relato de uno de los milagros de nuestro Señor. Veamos en él, al leerlo, un emblema gráfico de cosas espirituales. No estamos estudiando una historia que nos concierne personalmente poco más que las hazañas de César y de Alejandro. Tenemos ante nosotros un cuadro profundamente interesante para el alma de todo cristiano.
En primer lugar, tenemos aquí un ejemplo de gran fe. Se nos dice que, cuando Jesús fue a Jericó, un ciego llamado Bartimeo “estaba sentado junto al camino mendigando. Y oyendo que era Jesús nazareno, comenzó a dar voces y a decir: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!”.
Bartimeo era ciego físicamente, pero no en su alma. Los ojos de su entendimiento estaban abiertos. Veía cosas que Anás y Caifás y muchos eruditos escribas y fariseos nunca fueron capaces de ver. Vio que Jesús de Nazaret, como era llamado despectivamente nuestro Señor, Jesús, quien había vivido durante treinta años en un escondido pueblo galileo, este mismo Jesús era el Hijo de David, el Mesías del que habían profetizado los profetas hacía tiempo. Él no había visto ninguno de los poderosos milagros de nuestro Señor. No había tenido la oportunidad de contemplar la resurrección de personas muertas con una palabra y la sanidad de leprosos con un toque. Su ceguera le había privado de todos estos privilegios. Pero había oído hablar de las obras poderosas de nuestro Señor y, tras escuchar, había creído. Le bastó con oír los testimonios para saber que Aquel de quien se contaban aquellas cosas maravillosas tenía que ser el Salvador prometido y tenía que poder sanarle. Y, por tanto, cuando nuestro Señor estaba cerca, gritó: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!”.
Luchemos y oremos para poder tener “una fe igualmente preciosa” (2 Pedro 1:1). A nosotros tampoco se nos permite ver a Jesús con nuestros ojos corporales. Pero en el Evangelio tenemos noticias de su poder, gracia y voluntad de salvar. Tenemos promesas extremadamente grandes de sus propios labios escritas para nuestro ánimo. Confiemos en estas promesas incondicionalmente y encomendemos nuestras almas a Cristo sin vacilar. No tengamos miedo de poner toda nuestra confianza en sus palabras misericordiosas y de creer que lo que se ha comprometido a hacer por los pecadores lo hará sin duda. ¿Cuál es el principio de toda fe salvadora sino confiar el alma a Cristo? ¿Qué es la vida de fe salvadora, una vez iniciada, sino un continuo apoyarse en la palabra de un Salvador invisible? ¿Cuál es el primer paso de un cristiano sino gritar, como Bartimeo: Jesús, ten misericordia de mí? ¿Cuál es el camino diario del cristiano sino conservar el mismo espíritu de fe? “En quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso” (1 Pedro 1:8).
Tenemos, en segundo lugar, en estos versículos, un ejemplo de perseverancia decidida ante las dificultades. Se nos dice que, cuando Bartimeo comenzó a gritar “Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí”, no encontró mucho ánimo por parte de aquellos que estaban cerca de él. Al contrario, “muchos le reprendían para que callase”. Pero él no paró. Si los demás no conocían la desgracia de la ceguera, él sí. Si los demás no pensaban que merecía la pena molestarse con el fin de obtener liberación, él, al fin y al cabo, sabía más de eso. No le importaron las reprensiones de los espectadores insensibles. No prestó atención al ridículo que su importunidad probablemente le acarrearía. “Clamaba mucho más”, y así, el clamor hizo posible el deseo de su corazón y recibió la vista.
Todos aquellos que deseen ser salvos deben fijarse bien en esta conducta de Bartimeo y caminar diligentemente en sus pasos. Como él, no debe importarnos lo que otros piensen y digan de nosotros cuando buscamos la sanidad de nuestras almas. Nunca faltarán personas equivocadas que nos dirán que es demasiado pronto o demasiado tarde, que vamos demasiado rápido o demasiado lejos, que no tenemos que orar tanto, leer tanto nuestras Biblias o preocuparnos tanto por nuestra salvación. Debemos hacer oídos sordos a esas personas. Como Bartimeo, debemos gritar más fuerte: Jesús, ten misericordia de mí.
¿Cuál es la razón de que los hombres sean tan poco entusiastas en buscar a Cristo? ¿Por qué se desalientan tan pronto, se detienen y dejan de acercarse a Dios? La respuesta es breve y simple. No sienten suficientemente sus propios pecados. No están plenamente convencidos de “la plaga en su corazón” (1 Reyes 8:38) y de la enfermedad de su alma. Una vez que el hombre ve su culpa tal como es verdaderamente, nunca descansará hasta encontrar perdón y paz en Cristo. Son aquellos que, como Bartimeo, verdaderamente conocen su deplorable estado quienes perseveran, como Bartimeo, y al final son sanados.
En último lugar, en estos versículos tenemos un ejemplo de la influencia apremiante que tiene la gratitud a Cristo sobre nuestras almas. Bartimeo no volvió a casa tan pronto como le fue restaurada la vista. No dejaría a Aquel de quien había recibido tal misericordia. Inmediatamente entregó la nueva fuerza que su curación le había proporcionado al Hijo de David que había obrado la sanidad. Su historia concluye con la conmovedora expresión: “Y seguía a Jesús en el camino”.
Veamos en estas sencillas palabras un claro emblema del efecto que la gracia de Cristo debe producir en todo aquel que la saborea. Debe convertirle en un seguidor de Jesús en su vida y dirigirlo con gran poder al camino de la santidad. Perdonado gratuitamente, debe darse gratuita y voluntariamente al servicio a Cristo. Comprado a un precio tan elevado como es la sangre de Cristo, debe entregarse de corazón y por completo a Aquel que le redimió. La verdadera experiencia de la gracia hará que la persona sienta diariamente: “¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo?” (Salmo 116:12). Así fue en el caso del apóstol Pablo, que dijo: “El amor de Cristo nos constriñe” (2 Corintios 5:14). Así será para todos los verdaderos cristianos en el presente. El hombre que presume de tener un interés en Cristo a la vez que no acepta a Cristo en su vida se engaña a sí mismo miserablemente y está echando a perder su alma. “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos [y solo ellos] son hijos de Dios” (Romanos 8:14).
¿Han sido abiertos nuestros ojos por el Espíritu de Dios? ¿Nos ha enseñado a ver el pecado, a Cristo, la santidad y el Cielo con su verdadera luz? ¿Podemos decir que lo que sabemos es que antes éramos ciegos y ahora vemos? Si es así, conoceremos las cosas que hemos estado leyendo por experiencia. Si no, estamos aún en el camino ancho que conduce a la destrucción y nos queda todo por aprender.
Meditaciones sobre los Evangelios
Marcos
J.C. Ryle
Vv. 46—52. Bartimeo, que había oído de Jesús y sus milagros, y sabido que iba a pasar por ahí, esperaba recuperar la vista. Al ir a Cristo a pedir ayuda y salud, debemos mirarlo como el Mesías prometido. Los llamados de gracia que Cristo nos hace para que vayamos a Él, animan nuestra esperanza de que si vamos a Él tendremos aquello por lo cual fuimos a Él. Quienes vayan a Jesús deben desechar el ropaje de su propia suficiencia, deben librarse de todo peso, y del pecado que, como ropajes largos, los asedian más fácilmente, Hebreos xii, 1. —Él ruega que sus ojos sean abiertos. Muy deseable es ser capaz de ganar nuestro pan; y donde Dios ha dado a los hombres sus extremidades y sentidos, es vergonzoso que, por necedad y pereza, se hagan efectivamente ciegos y cojos. Sus ojos fueron abiertos. Tu fe te ha hecho salvo: la fe en Cristo como el Hijo de David, y en su compasión y poder; no tus palabras repetidas, sino tu fe; Cristo pone a trabajar tu fe. —Los pecadores sean llamados a imitar al ciego Bartimeo. Jesús pasa por donde se predica el evangelio o circulan las palabras escritas de la verdad, y esta es la oportunidad. No basta con ir a Cristo por salud espiritual, sino que, cuando estemos sanados, debemos continuar siguiéndole, para que podamos honrarle y recibir instrucción de Él. Los que tienen vista espiritual ven en Cristo esa belleza atractiva que los hará correr tras Él.
