Jesús, el Todopoderoso

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La revelación del Hijo de Dios y la exhortación a vivir en su voluntad.

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Jesús está en la ciudad, y como siempre, ve claramente lo que sucede a su alrededor y percibe las necesidades de quienes le rodean. En este caso, el texto hace referencia a un determinado lugar, el estanque de Bethesda, donde se reunían los enfermos esperando un milagro.
Hay muchos detalles interesantes en este relato. Veamos si podemos identificar algunos de ellos.
Observemos por un momento la descripción de aquel lugar: Después de estas cosas había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén. Y hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos. En éstos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua. Porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque, y agitaba el agua; y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese. (Juan 5:1-4) Era un estanque que estaba cerca de una de las puertas de la ciudad. Debía ser un lugar muy bello, rodeado de cinco pórticos, un lugar que podría haber sido uno de los centros favoritos de los habitantes de la ciudad. Sin embargo, estaba lleno de personas con enfermedades y limitaciones (“enfermos, ciegos, cojos y paralíticos”). No, allí no estaban las familias con sus niños jugando en el agua, ni los enamorados tomados de la mano y diciéndose palabras de amor. Estaban los enfermos, algunos que probablemente no se habían desplazado hasta allí por su propia cuenta. ¿Por qué estaban allí? Esperando la visita del ángel que agitaba las aguas de tanto en tanto. Jesús fué hasta allí, justamente donde estaban los más necesitados.
Allí está Jesús, probablemente rodeado de algunos de sus discípulos, viendo la necesidad de todos aquellos discapacitados. Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo:... (Jn 5:5–6). El detalle que tendría que despertar nuestros sentidos es el hecho de que solamente se dirige a uno de ellos, y finalmente sana solo a uno. ¿No te inquieta eso? Había ciegos allí (el pasaje los menciona en plural) y personas que padecían otras enfermedades, y había también otros paralíticos. Jesús sanó a uno, solamente a uno. ¿Sería que el Maestro solo tenía poder suficiente como para sanar a uno? ¿No le importarían los demás, no los amaba? Jesús representa a actitud de Dios frente a las necesidades de la gente. ¿Será que Dios solo quería bendecir a uno? ¿Tiene Dios favoritos? Parte de la clave para entender esto se encuentra en lo que Jesús dice más adelante (Juan 5:19, 20): Jesús hacía todo lo que veía hacer al Padre. En aquel momento el Maestro vio como el Padre sanaba a aquel hombre en particular, y eso fue lo que hizo. Tal vez esto nos ayude a comprender por qué Dios no sana a todos los enfermos del hospital, ni le da la vista a todos los ciegos o hace caminar a todos los paralíticos. Se nos ocurre que el mundo sería hermoso si Dios lo hiciera, si viéramos a todos los enfermos sanar, a todos los paralíticos caminar, a todos los ciegos ver. La realidad es que el mundo está lleno de maldad e injusticia, y las discapacidades, ,enfermedades y mutilaciones son parte de esa situación. Dios sí sana, sí tiene poder para sanar, sí se compadece de cada uno de los que necesitan. Pero también Dios mismo sabe qué es lo mejor para cada uno mucho mejor que nosotros, y a veces lo mejor desde la perspectiva de Dios no es el mismo “mejor” para nosotros. Dios quiso sanar a aquel hombre, y esa fue una muestra de su misericordia, y de ninguna manera eso significó crueldad contra los otros.
El hombre con el que trata Jesús hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. ¡Eso es mucho tiempo! ¡Pobre hombre! ¡Treinta y ocho años! A veces nos toca estar enfermos un par de días y ya queremos que termine, pero ¿treinta y ocho años? Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano? (Jn 5:6). Alguien le comentó a Jesús la duración de la enfermedad, y por su relación con el Padre, Jesús supo que él era la razón por la que estaba allí. No se menciona el nombre de aquel hombre ni se dice que Jesús lo usara. Simplemente se dirige a él para preguntarle: “¿Quieres ser sano?” . Aquel ser humano ha estado enfermo por treinta y ocho años. Se encuentra junto a un estanque en el que a veces el agua se agita y el primero que toca el agua cuando sucede, es sanado. ¡Esa ya tendría que ser indicación suficiente de que quería ser sano! ¿O no? La respuesta natural sería que sí; ¿quién no querría ser sanado de su enfermedad? A las personas no les gusta estar enfermas, ¿verdad? Por eso tenemos que destacar que Jesús, una vez más, hace lo que nadie haría, y dice lo que nadie diría. ¿Quieres ser sano? Jesús te llevará a ese tipo de cuestionamiento. ¿Quieres que se solucione tu problema? Hay personas que a veces parecerían querer prolongar su posición de víctimas, como si disfrutaran de que otros les tengan lástima. Jesús va directo al punto y pregunta: “¿Quieres ser sano?”. Una pregunta como esa es capaz de desnudar el alma.
El hombre no le responde. Es decir, sí responde algo, pero no responde a la pregunta directa del Maestro. Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo. (Jn 5:7). ¿Te has dado cuenta de que a veces respondemos con excusas? Sí, a veces lo hacemos. Fue lo que hizo también aquel hombre. La respuesta tácita a la pregunta de Jesús era que sí, quería ser sanado, pero que existían razones para que no lo fuera. Aquello estaba más allá de él, no era algo que él pudiera solucionar. Este hombre se había acostumbrado a su situación, y era poca la esperanza que albergaba su corazón. Es posible que su respuesta implicara que considerara a los otros como responsables de la prolongación de su problema. Si estuvieran allí con él, y para él, en alguno de esos momentos que el agua se agitara lo ayudarían a llegar hasta el estanque antes que nadie más, y entonces sería sano. Pero no, no estaban, no habían tenido la paciencia necesaria, no lo acompañaban por su bien. Cada uno de nosotros puede haberse sentido así en ocasiones. El detalle era que el hombre todavía no había tomado conciencia de quién era Aquel que se le había acercado. ¿Y tú? ¿Has tomado conciencia de que estás ante el Dios Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra? Ante Él no existen las “excusas válidas”. Él puede hacer lo que nadie más puede.
A este hombre enfermo, incapaz de moverse, Jesús le da la orden más inesperada. Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda. (Jn 5:8). ¿Qué haríamos tú o yo al presentarnos ante este hombre? Tal vez procuraríamos alentarlo, o consolarlo. “Lamento tanto su situación, señor; me encantaría poder ayudarlo, pero no sé bien qué hacer”, podríamos decirle. Pero, claro, Jesús no sigue los patrones de relacionamiento que consideraríamos normales. Él hace lo imposible. Así que cuando este hombre trata de enunciarle todas las razones por las que sigue enfermo, el Maestro le responde ordenándole que se levante, que tome su camilla y camine. Aquí es donde encontramos esta maravillosa revelación del Hijo de Dios como Aquel que tiene el poder y la autoridad sobre todas las cosas. Jesús no responde a las limitaciones que nosotros enfrentamos habitualmente. Lo que nosotros nunca podríamos hacer por considerarlo imposible, Jesús lo hace porque tiene la autoridad y el poder. Esto, que fué válido para la sanidad de aquel hombre, también es válido para nuestras circunstancias y las de quienes nos rodean. Jesús sigue dándo órdenes ilógicas para nosotros, trascendiendo nuestras humanas limitaciones, para hacer lo imposible.
Lo interesante - o diferente - no es solamente la orden de Jesús, sino también la reacción inmediata de aquel hombre (sinceramente me imagino a los demás, a su alrededor, presenciando todo esto). Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo. Y era día de reposo* aquel día. (Jn 5:9). ¿Te puedes imaginar los rostros asombrados a su alrededor? ¿Qué le sucedió a aquel que había estado impedido por los últimos treinta y ocho años? Aquellos pies no lo habían sostenido por treinta y ocho años. No había sido capaz de ponerse en pie, y mucho menos hubiera podido cargar con su propio lecho. ¿Te imaginas ver materializarse lo imposible ante tus propios ojos sorprendidos? ¡Qué maravilla! ¡Aquella fue una tremenda revelación del poder de Dios presente en Jesús, nuestro Salvador! Algunos hemos visto los milagros de Dios, y sea que los hayamos visto o no, hay algo en lo profundo de cada uno de nosotros que los anhela. Señor nuestro, ¡concédenos ver como haces lo imposible en nuestras vidas y a nuestro alrededor! El resultado directo de los milagros de Dios consiste en destacar a Jesús como el Hijo de Dios, como el único digno y capaz de otorgarnos la Salvación. No hay otro. Los milagros no son para elevar el reconocimiento sobre algún ministerio o iglesia ni para que nos sintamos poderosos. Solo Jesús es el Hijo de Dios. Jesús, ¡déjanos verte una vez más!
Las reacciones y los resultados de este milagro también son interesantes. Incluso llegan a revelar más acerca de las razones por las que este hombre estaba enfermo. Los judíos reaccionaron negativamente (¿cómo pudieron?) al milagro porque había sido hecho durante el día de reposo. Para ellos era más importante el cumplimiento de la letra de la ley que la exposición de la misericordia de Dios. ¡Gran error! Pero observa también este detalle: Después le halló Jesús en el templo, y le dijo: Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor. (Jn 5:14). Interesante, ¿no? Jesús no se limita con sanar a la persona, sino que tiene algo que decir acerca de por qué había estado enferma todo aquel tiempo. “...no peques más...”, le dice el Maestro. Ese “más” implica que todo aquello había tenido su origen en la consecuencia de sus pecados. Podría haber sido una fuerte revelación para aquel hombre, aunque probablemente él mismo ya lo supiera. Pero, ¿te das cuenta lo que puede hacer el pecado en la vida de una persona? ¿Observas aquí el poder destructivo que tiene el pecado en las personas? ¡Razón de más para tomarlo en serio y apartarse de él!
Una vez más los judíos reaccionaron negativamente ante el milagro y ante Jesús mismo. ¿Qué les molestó? Que cuando se ofendieron porque había hecho el milagro un sábado, día de reposo, les dijo que el Padre seguía trabajando y que así también lo hacía Él (Juan 5:17). Ellos captaron claramente el mensaje de inmediato, entendieron que Jesús se presentaba como el Hijo de Dios, y hasta identificaron que al hacerlo se presentaba como Dios mismo. ¡Entendieron bien! Pero ellos lo tomaron como una ofensa. ¿Cómo se iba a atrever a decir eso? Entonces el Maestro, en lugar de retractarse, añadió a sus dichos: Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente. Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace; y mayores obras que estas le mostrará, de modo que vosotros os maravilléis. Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida. Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió. (Jn 5:19–23). ¿Por qué Jesús hacía lo que hacía? Porque lo veía obrar al Padre. ¡Quiero experimentar esa profundidad en mi relación con Dios! ¡Quiero escucharlo así a Dios, y verlo obrar! El Padre le sigue mostrando a sus hijos, así como le mostró al Hijo. Un poco más adelante añadiría esto: No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre. (Jn 5:30). Allí lo tienes: ya no busques hacer tu voluntad sino la del Padre. Dios quiere obrar en ti.
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