Sermón sin título (2)
CARACTER DE SIERVO
Uno de los grandes títulos dados en el Antiguo Testamento al Mesías que había de venir era “el siervo del SEÑOR” (Isaías 42:1–4; 49:1–6; 50:4–10; 52:13–53:12 LBLA). No puede haber duda de que esto se aplica a nuestro Señor:
“Para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: He aquí mi siervo, a quien he escogido; Mi Amado, en quien se agrada mi alma; Pondré mi Espíritu sobre él, Y a los gentiles anunciará juicio. No contenderá, ni voceará, Ni nadie oirá en las calles su voz. La caña cascada no quebrará, Y el pábilo que humea no apagará, Hasta que saque a victoria el juicio. Y en su nombre esperarán los gentiles” (Mateo 12:17–21; véase también Mateo 8:17; Hechos 8:32–35; Filipenses 2:7).
Él era el siervo de su Padre y, por esa razón, siervo para su pueblo.
Aquí, de nuevo, Jesús nos deja sin ninguna duda de que Él nos ha dado una norma por la cual vivir:
“Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. No obstante, no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:42–45; véase también Lucas 22:27; Juan 13:12–15).
Pablo sigue el ejemplo de su maestro,
“¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor” (1 Corintios 3:5).
“Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número” (1 Corintios 9:19; véase también Hechos 28:3; Colosenses 1:23).
Pablo también sigue al Señor en su enseñanza:
“Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros” (Gálatas 5:13; véase también Efesios 5:21).
Los cristianos son siervos del Señor y son llamados a servirse los unos a los otros. Esa actitud ha de manifestarse en nuestras relaciones con las personas inconversas y en nuestros esfuerzos por testificarles, y también, más allá de ellos, hacia nuestros enemigos.
“Servicio significa todas las aplicaciones positivas de la ley suprema del amor; negativamente esa ley prohíbe todas las formas de venganza por los males sufridos; positivamente incluye toda variedad posible de bien que un alma puede hacer por otra, el ministerio de sanar y aliviar el dolor (lo cual es el pensamiento inmediato de Jesús cuando fue cuestionado acerca del amor al prójimo), el socorro al pobre, el buen recibimiento al que no tiene hogar, el visitar al enfermo y al encarcelado, el consolar al que sufre, el dar amistad al desahuciado, el reconciliar a los que están enemistados, el abstenerse de juzgar, el ejercitar la misericordia, y todas las demás incontables reacciones de corazones amables a la multiforme necesidad humana. Sin embargo –aunque mucho menos familiar a la mayoría de nosotros, y mucho menos popular–, esto incluye también el servicio a los demás en las cosas del espíritu: el dejar brillar la luz de uno, el contar las buenas nuevas, el dar tan gratuitamente como hemos recibido, el dar testimonio de nuestro descubrimiento de Cristo, el dar fruto (Mateo 5:16; 23–24; 7:1–5; 9:10–13; 10:7, 8; Lucas 6:36; 7:13–15; 10:29–37; 15; 24:28; Juan 15:2, 8, 27).”
“Servicio significa todas las aplicaciones positivas de la ley suprema del amor; negativamente esa ley prohíbe todas las formas de venganza por los males sufridos; positivamente incluye toda variedad posible de bien que un alma puede hacer por otra, el ministerio de sanar y aliviar el dolor (lo cual es el pensamiento inmediato de Jesús cuando fue cuestionado acerca del amor al prójimo), el socorro al pobre, el buen recibimiento al que no tiene hogar, el visitar al enfermo y al encarcelado, el consolar al que sufre, el dar amistad al desahuciado, el reconciliar a los que están enemistados, el abstenerse de juzgar, el ejercitar la misericordia, y todas las demás incontables reacciones de corazones amables a la multiforme necesidad humana. Sin embargo –aunque mucho menos familiar a la mayoría de nosotros, y mucho menos popular–, esto incluye también el servicio a los demás en las cosas del espíritu: el dejar brillar la luz de uno, el contar las buenas nuevas, el dar tan gratuitamente como hemos recibido, el dar testimonio de nuestro descubrimiento de Cristo, el dar fruto (Mateo 5:16; 23–24; 7:1–5; 9:10–13; 10:7, 8; Lucas 6:36; 7:13–15; 10:29–37; 15; 24:28; Juan 15:2, 8, 27).”
A menudo, nuestro concepto del servicio cristiano está muy limitado. Para algunos, está confinado a contarle a otros acerca de Cristo y las buenas nuevas. Para otros, es hacer alguna obra de caridad ocasional o dar una donación esporádica a una buena causa. No habremos entendido la mente de Cristo hasta que nos demos a nosotros mismos en vidas de amor y servicio a Cristo, y debido a eso, en amor y servicio a los demás.
Tal servicio a los demás no debe tener motivos ulteriores. Demasiado a menudo esperamos ganar algo por lo que hacemos por los demás: “una buena acción merece otra.” Sin embargo, la enseñanza y el ejemplo de Jesús fueron un total darse a sí mismo por el bien de los demás y, en último término, por la salvación de ellos.
“Dijo también al que le había convidado: Cuando hagas comida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos; no sea que ellos a su vez te vuelvan a convidar, y seas recompensado. Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos; y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos” (Lucas 14:12–14).
“Sería necio entender esto como una prohibición de toda hospitalidad amigable entre familiares y amistades (tal como la que Jesús mismo disfrutó con los doce); pero tal hospitalidad es un intercambio de funciones placenteras para el disfrute mutuo, no tiene el rango de servicio, ni (como algunos judíos estrictos pudiesen haber imaginado) como la limosna requerida en relación con ciertas fiestas: para ser servicio debe ser completamente desinteresado”
Tal servicio es costoso. El coste puede ser en términos de dinero, tiempo o posesiones. Puede ser en el uso de nuestros dones y talentos para ayudar a otros que están en necesidad o apuros. No obstante, el coste más grande es a menudo en términos de nuestro orgullo. Fue esto lo que nuestro Señor expuso de una manera tan hermosa cuando lavó los pies de sus discípulos (Juan 13:1–17). Ninguno de los doce se rebajaría –aunque lo hubiese pensado– a lavar el estiércol y la suciedad del camino de los pies de sus compañeros. Y no hay evidencia de que ellos recibiesen de buena gana el reto que Jesús les presentó o de que sus conciencias fuesen afectadas de manera considerable. El orgullo endurece nuestros corazones y mentes de tal manera que la idea de un servicio tal como el que Él prestó aquel día ni se nos ocurre.
