Romanos - Clase 3
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Introducción
Introducción
Estamos ampliando LA PRIMERA PARTE DE ROMANOS que habla de LA JUSTIFICACIÓN POR FE Y SUS RESULTADOS Capítulos 1–8, De esta sección hemos visto:
La introducción 1:1–15
El tema principal de la carta: EL EVANGELIO, de LA JUSTICIA DE DIOS, para “TODO AQUEL QUE TIENE FE” (Judíos y Gentiles) 1:16, 17.
vimos 1:18–3:20. como todos los HOMBRES ESTÁN BAJO EL PODER DEL PECADO, Y CARECEN DE JUSTICIA PROPIA; POR esta razón NADIE SERA JUSTIFICADO POR LAS OBRAS DE LA LEY.
Esta noche veremos como Pablo establece el fundamento DE LA doctrina de JUSTIFICACIÓN POR FE, Afirmando que EL PECADOR ES JUSTIFICADO con BASE en LA JUSTICIA DE CRISTO QUE LE ES IMPUTADA, POR medio de LA FE. 3:21–5:21
Comencemos viendo:
A. Lo que Pablo dice sobre la justificación por la fe. 3:21–31 (Asumo que lo han leído ya dos veces), podemos resaltar 4 puntos importantes de esta doctrina:
Todo el A.T. (la ley y los profetas) testifica el hecho de que Dios concede justicia a todo aquel que cree en Jesucristo (3:21, 22).
Los pecadores son justificados por la gracia de Dios —favor inmerecido— que les es dada como dádiva. Este es el método de justificación, y fue posible por el sacrificio vicario de Cristo, cuyos beneficios son recibidos por la fe. (3:24).
El sacrificio de Cristo satisfizo los requerimientos de la justicia de Dios; por esto Dios puede justificar justamente a todo aquel que cree en Jesucristo. La justicia requiere que el pecado sea castigado, y el pecado será castigado, bien en la persona del pecador incrédulo, bien en la persona de Jesucristo, quien sustituye al pecador. 3:25, 26. Dios, siendo justo, puede en justicia declarar inocente al pecador culpable por causa de la muerte de Cristo, que satisfizo las demandas de la justicia divina y, consecuentemente, reconcilió a los creyentes con Dios.
Los resultados de las justificación los tenemos descritos en 3:27–31: Toda jactancia queda excluida (27-28), todos los hombres son incluidos si creen (3:29, 30), las demandas de la justicia de Dios son cumplidas (3:31).
Pablo luego cita a Abraham como ilustración de la justificación por la fe. (4:1–25)
Abraham, el padre de la nación judía, fue justificado por su fe y no por sus obras. 4:1–5. El no tuvo motivos para jactarse ante Dios, el era un pecador sin justicia propia. Gn. 15:6 Dios contó por justicia aquello que Abraham se apropió por la fe, a saber, la justicia de Cristo. Jn. 8:56; Gá. 3:6–9.
David Sal. 32:1, 2a él sabe que su transgresión ha sido perdonada,117 su pecado ha sido cubierto. David no está pensando solamente en el perdón que él mismo recibió. Él incluye en su bienaventuranza a todos aquellos que han recibido una bendición similar.
Abraham y David tienen algo en común. Ambos son recipientes del favor inmerecido y soberano de Dios.
Hay dos métodos para obtener justicia —por obras y por fe— descansan en dos principios que se contrastan: Méritos y gracia. 4:4, 5.
La justificación por las obras descansa en el principio de que el hombre puede ganar su salvación haciendo lo bueno. Los hombres buenos son salvos por sus buenas obras. La salvación entonces no es un don o regalo, sino una deuda pagada. 4:4.
La justificación por la fe descansa sobre el principio de que Dios imputa justicia libremente, como un don o regalo, al impío que cree en Él. La salvación no es ganada por el pecador, sino que se le da gratuitamente cuando cree. 4:5.
Respondamos algunas preguntas a la luz de la doctrina expuesta por Pablo:
Que es imputación?
Que es imputación?
Imputar algo a una persona significa poner ese algo en su cuenta o contarlo entre las cosas que le pertenecen. Si se le imputa algo a una persona, este algo pasa a ser legalmente suyo; le es contado como de su posesión. Imputar significa contar, acreditar, atribuir, etcétera.
Cuando Dios dice que le “imputa pecado” a alguien, el significado es que Dios considera al tal como pecador y en consecuencia, culpable y merecedor de castigo. Similarmente, la no imputación de pecado significa simplemente no atribuir la carga del mismo como base del castigo (Salmo 32:2). De la misma manera, cuando Dios dice “imputar justicia” a una persona, el significado es que Dios considera judicialmente a tal persona como justo y merecedor de todas las recompensas a las que toda persona justa es acreedora (Romanos 4:6–11).”
Cual es La BASE de la justificación?
La doble imputación:
Los pecados del creyente fueron imputados a Cristo —por esto Él sufrió y murió en la cruz (ver 1 Pedro 2:24; 2 Corintios 5:21). Cristo fue hecho legalmente responsable de los pecados del creyente, y sufrió el justo castigo que a éste correspondía. Al morir en lugar del creyente, satisfizo las demandas de la justicia y lo liberó para siempre de toda posibilidad de condenación o castigo. La imputación no cambia la naturaleza de nadie; solamente afecta la posición legal de la persona.
Jesucristo vivió una vida perfecta —guardó completamente la ley de Dios. La justicia personal que Cristo obtuvo durante su vida terrenal le es imputada al pecador en el momento en que cree. La justicia de Cristo es otorgada al creyente, y Dios le ve como si él mismo hubiera hecho todo lo bueno que Cristo hizo. La obediencia de Cristo, sus méritos, su justicia personal es imputada —atribuida— al creyente.
Esto, en modo alguno, no cambia la naturaleza del creyente (como tampoco la imputación de pecado a Cristo cambió la suya); sino solamente afecta la posición legal del creyente ante Dios.
¿Cual es el MEDIO de la justificación?
¿Cual es el MEDIO de la justificación?
El medio por el que el pecador recibe los beneficios de la obra salvadora de Cristo (Su vida sin pecado y Su sacrificio) es la fe en Él. Nadie puede ser justificado sino por la fe, y, sin embargo, nadie es justificado sobre su fe. La fe, en sí misma, no salva al pecador; pero sí le lleva a Cristo que es quien le salva; por lo tanto, la fe, aún cuando es un medio necesario para la justificación, no es en sí misma la causa o la base de la justificación. “Pablo dice que los creyentes son justificados dia pisteos (Romanos 3:25), pistei (Romanos 3:28) y ek pisteos (Romanos 3:30). El dativo y la preposición dia representan la fe como medio instrumental por los cuales el pecador se apropia de la justicia de Cristo.
Pablo nunca dice, que los creyentes son justificados dia pistin, o sea a causa de su fe. Si la fe fuera la base de la justificación, la fe sería, en efecto, una obra meritoria y el mensaje del evangelio sería, después de todo, meramente una nueva versión de la justificación por obras —una doctrina estimada por Pablo como irreconciliable con la gracia, y ruinosa espiritualmente (Compárese Romanos 4:4; 11:6, Gálatas 4:21–5:12).
Pablo considera la fe, no como la causa justificadora, sino más bien como la mano vacía, extendida, que recibe la justicia al recibir a Cristo.”
¿Cual es la diferencia entre justicia “imputada” y justicia “personal”?
¿Cual es la diferencia entre justicia “imputada” y justicia “personal”?
La justicia imputada es diferente de Los actos personales de justicia realizados por los creyentes como resultado de la obra del Espíritu Santo en sus corazones. Estas acciones personales de justicia no añaden nada a nuestra justificación.
Hodge dice: “La justicia por la cual somos justificados, no es ni algo hecho por nosotros ni nada que hayamos forjado en nosotros mismos, sino algo hecho para nosotros e imputado a nosotros. Es la obra de Cristo, lo que Él hizo y sufrió para satisfacer las demandas de la ley (…) no es nada que hayamos creado o forjado en nosotros o algo inherente en nosotros. Por esto decimos que Cristo es nuestra justicia; que somos justificados por su sangre, su muerte, su obediencia; somos justos, en Él y somos justificados por Él, o en Su nombre. La justicia de Dios, revelada en el evangelio y por la que somos constituidos justos es, por lo tanto, la justicia perfecta de Cristo, la cual cumple completamente todos los requisitos de la ley a la que todos los hombres están sujetos y la que todos los hombres han quebrantado.”
Ilustración:
La BASE de la justificación es LA OBRA DE CRISTO
El MEDIO de la justificación es la FE EN CRISTO
Un tema importante en Romanos es “La Justicia de Dios” se hace referencia a esta 8 veces:
Tres veces se refiere a la justicia de Dios como atributo (ver Romanos 3:5, 25, 26).
Cinco veces (en 1:17; 3:21, 22 y dos veces en 10:3) se refiere a las justicia que Dios da (imputa) a aquellos que creen en Su Hijo.
La justicia otorgada por Dios es sin las obras de la ley (ver Romanos 3:28 y 4:1–8, 23–25);
no es de nosotros (Filipenses 3:9); es dádiva de Dios (Romanos 5:17),
y es recibida por la fe (Romanos 1:17 y 9:30–10:4; Galatas 2:15–21).
En 1 Corintios 1:30 Pablo se refiere a Cristo como muestra “justicia”.
Concluyendo con el ejemplo de Abraham Pablo afirma en consecuencia que él es padre de todo aquel que cree, tanto judío (circunciso) como gentil (incircunciso). 4:9–12.
La bendición de la justicia imputada no descansa sobre la circuncisión, Abraham le fue imputada justicia antes de ser circuncidado. 4:9, 10. El recibió la circuncisión como señal o sello de la justicia que había recibido por la fe. 4:11a.
Abraham recibió la justicia por medio de la fe antes de ser circuncidado, para ser padre de todo aquel que cree; tanto del incircunciso (gentiles) como de los circuncisos (judíos) 4:11b, 12.
La promesa a Abraham y sus descendientes espirituales (todos los verdaderos creyentes), de que heredarían el mundo, nunca descansó en la ley, sino que siempre tuvo como base la justicia imputada, que se recibe por la fe. 4:13–17.
La fe de Abraham ilustra con claridad el punto de Pablo sobre la justificación por la fe. 4:18–25.
Dios le prometió que el sería padre de muchas gentes. 4:18.
El creyó en la promesa de Dios 4:19, 20.
El testimonio de su fe nos ha sido dado para enseñarnos que todo aquel que cree en la muerte y resurrección de Cristo es, igual que Abraham, tenido por justo y, por lo tanto, justificado. 4:23–25.
Veamos ahora las bendiciones que resultan de la justificación por la fe. 5:1–11
Veamos ahora las bendiciones que resultan de la justificación por la fe. 5:1–11
Los creyentes tienen paz para con Dios. 5:1.
Debido a que los creyentes obtienen el favor de Dios a través de Cristo, se gozan en su esperanza de participar de la gloria de Dios. 5:2.
Los creyentes se gozan en sus sufrimientos sabiendo que estos sufrimientos producen paciencia (resistencia), la cual, a su vez, produce entereza (fuerza de voluntad), que produce esperanza que no les defrauda porque el Espíritu Santo, que les es dado, les da testimonio seguro de que ellos son objeto del amor de Dios. 5:3–5.
La salvación final está asegurada a los creyentes. 5:6–11.
Otra ilustración, el contraste entre la obra salvadora de Cristo y la obra condenatoria de Adam. 5:12–21
Otra ilustración, el contraste entre la obra salvadora de Cristo y la obra condenatoria de Adam. 5:12–21
La idea central del pasaje es que los hombres son salvos precisamente en la misma manera en que fueron condenados—a través de la acción de otro.
Así como Adam, por una transgresión, trajo condenación a todos los que están relacionados con él, igualmente Cristo, por su acto de justicia (Su vida sin pecado y muerte vicaria), trajo justificación a todos los relacionados con Él.
Adam, por su pecado, trajo pecado y muerte sobre toda la raza. 5:12–14. Todos fueron constituidos pecadores en la base de su pecado. 5:12. Hodge dice que “la muerte de que se habla aquí incluye todo el mal penal, muerte espiritual y eterna, lo mismo que la disolución del cuerpo…” Todos los hombres están bajo sentencia de muerte, física y espiritual, como resultado del pecado de Adam. 13 y 14.
Algunos argumentos a los que Pablo se anticipa:
Dado que el pecado es la violación de la ley, no puede haber pecado o culpabilidad si antes no se ha quebrantado la ley. 5:13.
Dado que la muerte—resultado del pecado (v. 12)—reinó sobre todos los que vivieron desde Adam hasta Moisés (niños incluidos), se desprende que todos fueron considerados culpables como resultado de la violación de alguna ley. 5:14.
El hecho de que la muerte fuera universal (desde Adam hasta Moisés) no puede ser explicado sobre la base de la violación de la ley de Moisés (los diez mandamientos), porque ésta no había sido dada (5:13a).
El hecho de que la muerte fuera universal no puede ser explicado sobre la base de la violación de la ley escrita en el corazón (ver 2:12–16), pues los niños no pueden romper esta ley, lo que no es óbice para que ellos también estuvieran sujetos a la muerte (5:14a).
Dado que todos fueron tratados como criaturas culpables y todos estaban bajo sentencia de muerte y condenación (incluso aquellos que no podían haber quebrantado personalmente ninguna ley, sea la ley escrita en el corazón, sea la ley de Moisés), se desprende que todos fueron constituidos pecadores y considerados culpables por causa del PECADO DE ADAM. (i.e. les fue imputado el pecado de Adam). 15–19 Todos los hombres son culpables como resultado del PECADO DE UN HOMBRE, no como el resultado de muchos pecados personales
En el versículo 14b. Adam como del “tipo” o “figura” del que había de venir, o sea de Jesucristo. ¿En qué manera fue Adam un “tipo de Cristo?
Hodge dice: “Un tipo (…) en el sentido religioso de la palabra, no es un mero paralelo histórico o una semejanza incidental entre personas o hechos, sino una semejanza proyectada o intencionada a prefigurar o conmemorar otra. En este sentido, Adam fue un tipo de Cristo. La semejanza entre los dos no fue casual, sino predeterminada, como parte constitutiva de los planes de Dios. Del mismo modo en que Adam fue la cabeza representativa de su raza, cuyo destino dependía de su conducta, así Cristo es la cabeza y representante de Su pueblo. Como el pecado del uno fue la base de nuestra condenación, así la justicia del otro es la base de nuestra justificación. Esta relación entre Adam y el Mesías fue reconocida por los judíos quienes le llamaron su liberador esperado,… el último Adam, como Pablo también le llama en 1 Corintios.”10
Pablo muestra una importantísima relación, en la cual no se halla paralelo alguno entre los dos. 5:15–17.
La obra de cada uno de ellos difiere en que Cristo hizo mucho más por Su pueblo que borrar la culpa del pecado imputado de Adam; también satisfizo plenamente por todos los pecados personales de ellos, además de imputarles Su justicia perfecta como un don gratuito, haciéndoles así reinar en vida. (Los versículos 13–17 forman un paréntesis entre los versículos 12–18.)
La comparación introducida en el versículo 12 queda resumida, y se completa el paralelo entre la obra condenatoria de Adam y la obra salvadora de Cristo. 5:18, 19.
El corazón del argumento de Romanos 5:12–21 está contenido en los versículos 12, 18 y 19. Los hombres son justificados sobre la justicia imputada de Cristo, en igual forma en que fueron condenados sobre el pecado imputado de Adam.
La ley de Moisés 5:20, 21.
La ley de Moisés vino (agregada por Dios) con el propósito expreso de aumentar la culpabilidad del hombre. 5:20a.
Pero donde el pecado creció (como resultado de la violación de ley) la gracia abundó y trajo justicia y vida a través de Jesucristo. 5:20b, 21.
V. PABLO MUESTRA LA FALTA DE FUNDAMENTO EN LA OBJECIÓN DE QUE EL SER JUSTIFICADO POR LA FE Y NO POR MÉRITOS PERSONALES CONDUCE AL HOMBRE A VIVIR UNA VIDA DE PECADO. POR EL CONTRARIO, LA GRACIA ES LA CAUSA SUPREMA DE OBEDIENCIA, CUYO RESULTADO INEVITABLE ES UNA VIDA SANTA. 6:1–7:6
Introducción: En cada época ha habido quienes han impugnado la doctrina de la justificación por la fe, basándose en que tal doctrina lógicamente conduce a pecar. “Si todos los pecados del creyente han sido satisfechos, si al creyente se le ha acreditado la justicia perfecta, si sus buenas obras no le ayudan a salvarse, si todo esto es cierto”, se preguntan los impugnadores, “entonces, ¿por qué preocuparse por el pecado? ¿Para qué tratar de hacer lo bueno? ¿Para qué luchar por vivir una vida justa?” Romanos 6 responde a estas objeciones mostrando que el pecador verdaderamente justificado no adoptará esta actitud. No pecará para que la gracia abunde (v. 1), ni tampoco pecará porque esté bajo la gracia y no bajo la ley (v. 14). Por el contrario, el método evangélico de salvación por gracia conduce a la verdadera obediencia, la cual produce, inevitablemente,’ buenas obras. Mas la obediencia del pecador justificado emana del amor, no del temor; sus buenas obras son el resultado de su gratitud hacia Dios por el don gratuito de su salvación; no son hechas en la esperanza de que puedan ayudarle a salvarse.
Así que, la justificación por la fe conduce al creyente, no a una vida de pecado, sino a una vida de obediencia agradecida.
A. Los justificados por la fe no pueden continuar viviendo en pecado, porque a través de su identificación con Cristo, estarán MUERTOS AL PECADO. 6:1–11
1. En Romanos 5:20 Pablo mostró que “donde el pecado abunda (como resultado de la aplicación de la ley de Moisés), la gracia sobreabunda”. Entonces, si la abundancia de pecado produce un mayor abundamiento de gracia, ¿acaso no sería bueno pecar a propósito? ¿Acaso, de esta forma, no se engrandecería la gracia de Dios aún más? Teniendo en cuenta que algunos pudieran razonar de esta manera, Pablo mismo presenta la cuestión: “¿Qué pues, diremos? ¿Perseveraremos (los que han sido justificados) en el pecado para que la gracia abunde?” (v. 1). Inmediatamente el apóstol contesta con un NO rotundo (v. 2), y muestra por qué no puede ser así: ʾLos que hemos muerto al pecado, ¿Cómo viviremos aún en él?’ ” 6:1, 2.
En Romanos 6:2, 7 y 11, se expresa que los creyentes han muerto al pecado: “Los que hemos muerto al pecado” (v. 2); “el que ha muerto, ha sido justificado de pecado” (v. 7); “también vosotros consideraos muertos al pecado” (v. 11). Estas expresiones significan que los creyentes, por medio de su identificación con Cristo, están muertos a la CULPABILIDAD del pecado. Son vistos por Dios como si ellos mismos hubieran muerto en la muerte de Cristo y hubieran sufrido la pena completa implícita en la culpabilidad del pecado. El pecado no puede exigir más, ninguna profesión legal sobre ellos; en consecuencia están muertos al pecado, libres de su condenación. Sin embargo, la Biblia y la experiencia cristiana prueban que los creyentes no están muertos a la influencia o poder del pecado en sus vidas (véase, por ejemplo, Romanos 7:14–25). Como Haldane señala, el significado de la frase “muertos al pecado” es interpretado, con frecuencia, en el sentido de que incluye en el mismo la “muerte” al poder del pecado; mas a esta idea no se hace la menor referencia. La frase “muertos al pecado” indica exclusivamente la justificación de los creyentes y su liberación de la culpa del pecado, sin aludir para nada a su santificación, la cual, como el apóstol Pablo inmediatamente prueba, sigue necesariamente. El Obispo Moules, parafrasea el versículo 7 de la siguiente manera: “Porque los que han muerto al pecado quedan libres de la culpa del mismo”; y explica seguidamente que lo que se implica en este versículo es la exigencia legal del pecado y no su dominio moral, pues el significado real de la palabra griega utilizada es el de “justificado”14. La misma idea se expresa en 2 Corintios 5:14: “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron.” Smeaton, comentando la frase “los que hemos muerto al pecado”, de Romanos 6:2, observa que “esta frase se encuentra en las epístolas de Pablo en diferentes formas, y se refiere de modo uniforme, no a la liberación interna del pecado, sino más bien una relación objetiva del cristianismo con Dios o a su posición personal ante Él en relación con la obra vicaria de Cristo; significa que legalmente estamos muertos al pecado en Cristo. Esto parece ser completamente corroborado por otras dos expresiones que encontramos en esta sección. El primero de estos dos pasajes emplea idéntico lenguaje en referencia al Señor mismo; por cuanto se dice que Él “AL PECADO MURIÓ UNA VEZ” (v. 10). Ahora bien, EL ÚNICO SIN PECADO no puede morir al pecado a menos que lo sea en el sentido de que muere a la culpa del pecado o a la condena que acompaña al mismo y que debe seguir su curso donde y cuando el pecado es cometido. Murió a la culpa o criminalidad del pecado cuando el pecado fue descargado en Él; mas ciertamente Él no pudo morir al poder inherente del pecado, porque no lo tenía. El segundo de estos pasajes muestra que este morir fue la base o causa meritoria de nuestra justificación: “Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado”. (v. 7).15 La justificación del cristiano está basada, pues, en su morir juntamente con Cristo; esto es, se nos dice que hemos muerto cuando Cristo murió y que hemos hecho lo que Cristo hizo. Estas palabras indudablemente significan morir con Cristo en Su obra representativa; esto es, que somos uno con Cristo en Su obediencia hasta la muerte, como fuimos uno con Adam en su desobediencia. En nota aclaratoria, Smeaton señala que este modo de interpretar el pasaje es comparativamente reciente (cita a J. Alling, Klinkenberg, Heringa, Vinke y Haldane como ejemplo de aquellos que mantienen su misma postura interpretativa) y añade: “El antiguo punto de vista abogado por los Reformadores y Puritanos, falla en el sentido de que se hace de todo ello [morir al pecado] una experiencia demasiado subjetiva, o una renovación interna. El origen de esta interpretación errónea debe achacarse a la separación del capítulo quinto, como si en el capítulo sexto se diera comienzo a una nueva materia o tema.”16 Compárense las palabras de Horacio Bonar, quien después de defender la interpretación de Haldane, declara: “Estar muerto al pecado no es una figura moral, sino judicial o legal. Se refiere a nuestra liberación de la condenación, a nuestro justo desligamiento de la exigencia y maldición de la ley. Esto, en lugar de darnos licencia para pecar, es el principio y la raíz de la santidad.”17
El creyente no está solamente muerto al pecado, sino que también está muerto a la ley (ver el bosquejo de Romanos 7:1–6, notando especialmente la ilustración. Ver también Nota 5, C, página 84).
2. El hecho de la muerte del creyente al pecado se establece, primero, por una referencia al significado del bautismo, y, segundo, por la explicación de por qué fue Cristo crucificado. 6:3–7.
a. El bautismo simboliza la muerte del creyente al pecado con Cristo y la resurrección del creyente con Cristo a una nueva vida. 6:3, 4.
b. Cristo fue crucificado con el propósito de destruir el pecado —liberar a su pueblo de la esclavitud. 6:5–7.
Debido a Su muerte en la cruz, el pueblo de Cristo está justificado en esta vida y será glorificado (libre de la influencia y presencia del pecado) en la vida por venir (ver Nota 6 en la página 89 y la ilustración de la página 81).
3. En el mismo modo en que Cristo murió una vez al pecado (i.e., a su culpa) y ahora vive para Dios, el creyente debe considerarse a sí mismo muerto al pecado y vivo a Dios “en Cristo”. 6:8–11.
Solamente dándose cuenta de que está muerto a la condenación del pecado y vivo a Dios “en Cristo”, puede en verdad el creyente amar a Dios y confiar verdaderamente en Él. Solamente cuando el creyente ve lo que Cristo ha hecho por él, puede encontrar el motivo para hacer lo que Dios requiere de él. Una vez que el creyente ve el amor de Dios para él, “en Cristo”, no desea vivir en pecado por más tiempo. Como Clark observa: “Si un hombre no se identifica a sí mismo con el propósito de Cristo de destruir el pecado, y si en lugar de dolor y aborrecimiento hacia el mal, acaricia la idea de que puede continuar pecando para que la gracia abunde, la conclusión inevitable es que este hombre no conoce a Cristo y no ha sido justificado. Más claramente dicho: es psicológicamente imposible confiar en la sangre redentora de Cristo y desear seguir viviendo en pecado. La santificación no es meramente el propósito de la justificación, como si el propósito pudiera resultar fallido, sino más bien su resultado inevitable.”18
B. Por cuanto aquellos que son justificados por fe no están bajo la ley, (i.e., salvos por guardar sus mandamientos), sino bajo la gracia (i.e. salvos por la libre misericordia de Dios); están, por lo tanto, llamados a someterse a sí mismos a Dios como esclavos obedientes. 6:12–7:6.
1. Pablo hace una llamada a los creyentes para que se sometan plenamente, no al pecado, sino a Dios; y para justificar esta acción, recurre al hecho de que están bajo la gracia, no bajo la ley, libres del dominio del pecado (de su poder de condenación, destrucción). 6:12–14.
Los creyentes no están bajo la ley como camino de salvación, pues son salvos por gracia por medio de la fe (ver Efesios 2:8–10). Esto, sin embargo, no significa que están libres de la ley de Dios como regla con fuerza de obligar. Los creyentes están bajo la ley de Cristo (ver Nota 5, C, p. 73).
2. La clase de vida que llevan aquellos que han sido verdaderamente justificados, aquellos que no están bajo la ley, sino bajo la gracia, queda ilustrada comparando su servicio a Dios con el servicio de un esclavo obediente que se entrega a su dueño sin reservas. 6:15–23.
“El creyente, antes de su conversión, era siervo de pecado; después de ella, es siervo de justicia. Primeramente estaba sujeto a una influencia que sometía su obediencia al mal; ahora está bajo una influencia que somete su obediencia al bien. La consecuencia del primer servicio era la muerte; la del presente, la vida. El conocimiento de estas consecuencias tiende a asegurar la continua fidelidad del cristiano a su nuevo Dueño…”19 Cada hombre pertenece al dueño a quien sirve complacientemente, sea el pecado, sea la justicia. Si somos “esclavos obedientes” del pecado, no somos salvos, mas si nos sometemos nosotros mismos como “esclavos obedientes” de la justicia, somos verdaderos creyentes y por lo tanto, verdaderamente salvos. Si alguien puede vivir en paz con el pecado, el tal no tiene paz con Dios. ¡No está justificado! “Si alguien peca voluntariamente, so pretexto de que no está bajo la ley, sino bajo la gracia, esa será la prueba de que la gracia de Dios no está en él.”20
Nótese el contraste entre la recompensa final de estos dos tipos de servidumbre; los esclavos del pecado ganan MUERTE eterna, mas a los siervos de Dios se les da VIDA eterna por medio de Cristo Jesús.
3. La libertad de la ley que posee el creyente se puede ilustrar comparándola con la libertad de la mujer casada cuando muere su marido. 7:1–6.
Pablo muestra que así como la mujer casada queda desligada del marido a la muerte de éste, así el creyente, por medio de la muerte de Cristo, ha muerto a la ley (queda desligado de sus demandas en su condición de salvo), y está ahora unido a Cristo para producir fruto agradable a Dios. “Pablo aquí ve la ley como la voluntad de Dios con fuerza de obligar, sin tener en cuenta cómo haya sido revelada.”21
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LA LEY DE DIOS
A. Definición de la ley de Dios
La ley de Dios es la regla de conducta prescrita por Dios mismo para el género humano. En el sentido amplio del término, la ley de Dios incluye todos los mandamientos, reglas, prohibiciones, etc., que Dios ha impuesto a la raza humana. Sin embargo, es importante notar que muchas de las leyes dadas por Dios no son aplicables a todos los hombres, en cualquier lugar, ni en todo tiempo. Dios ha dado, en diferentes épocas, mandamientos particulares relacionados con determinados pueblos, con efectividad por un limitado período de tiempo. Por ejemplo, el mandato de circuncidar a todos los niños varones no fue dado hasta los días de Abraham y era aplicable sólo a sus descendientes, los judíos, y terminó con la venida de Jesucristo.
a) diapositiva: 7:1–3
Mientras el pecador está bajo la ley (sujeto a sus demandas y maldición) sus frutos son de muerte, pero cuando queda desligado de la ley y es unido a Cristo, sus frutos son de vida para Dios.
B. Varias revelaciones de la ley de Dios
1. La ley de la conciencia: ley escrita en el corazón del hombre.
El hombre fue creado con las exigencias de la ley de Dios escritas en su corazón. Antes de la caída esta ley era clara y legible, pero como resultado del pecado de Adam, la ley escrita en el corazón quedó borrosa y desfigurada. El entendimiento espiritual del hombre quedó entenebrecido por el pecado (ver Efesios 4:17–19). “Engañoso es el corazón, más que todas las cosas, y perverso; ¿Quién lo conocerá?” (Jer. 17:19). Consecuentemente la ley escrita en el corazón no es ya la guía adecuada para el hombre caído. Sin embargo, esta ley es todavía lo suficientemente clara como para, a través de ella, tener conocimiento del pecado y, por lo tanto, hacer responsable al hombre que la quebranta; pues todos los hombres poseen en su propia naturaleza un cierto grado de conocimiento de lo que es recto y de lo que no lo es (ver bosquejo de Romanos 1:32; 2:12–16).
2. La ley de Moisés —la ley en el Antiguo Testamento—.
Esta ley fue dada por Dios al pueblo judío en el Monte Sinaí por medio de Moisés (Exodo 19:1–9; 20:1–20; Deut 5:1–3). Fue establecida a manera de un pacto entre Dios y la nación israelita, y en ningún modo tiene relación con el mundo gentil.
Por conveniencia, la ley de Moisés se divide algunas veces en tres parte: 1. Los diez mandamientos (llamados también el decálogo), que constituyen el corazón del pacto hecho con Israel (Deuteronomio 4:11–13; 9:9, 10, 15; 1 Reyes 8:9, 21) 2. Las leyes ceremoniales que regulaban la vida religiosa de la nación, y 3. Las leyes civiles que regulaban la vida nacional. Debe recordarse que todas estas leyes constituían una unidad simple, y todas ellas juntas formaban el pacto o convenio con Israel. Este convenio, incluyendo todas sus cláusulas (leyes), fue abolido por Cristo con Su muerte, y reemplazado por uno “nuevo” y mejor bajo el cual vive ahora el pueblo de Dios (Jeremías 31:31–34; Hebreos, caps. 8–10; 2 Corintios 3; Efesios 2:14–16; Colosenses 2:14–16; Hechos 15:1–11; 15:22–29; 1 Corintios 9:9–23; Gálatas 3:18–25).
En la mayoría de los casos en que aparece en las Escrituras la palabra “ley” (especialmente cuando se usa el artículo determinado —“la ley”—), se refiere a la ley de Moisés. La razón de esto es que hasta que Cristo vino, la ley de Moisés era la más completa revelación de la ley de Dios que había sido dada a los hombres desde la caída de Adam (ver Romanos 5:13, 20; Juan 1:17). Por tanto, cuando los que estaban familiarizados con las Escrituras Judías pensaban en la ley de Dios, la relacionaban con la expresada en los escritos del gran legislador, Moisés.
3. La ley de Cristo —la ley bajo el Nuevo Testamento—.
El Nuevo Pacto trajo consigo otra expresión de la ley de Dios: la ley de Cristo, que consiste en las enseñanzas, mandamientos, etc., dados por Cristo durante Su propio ministerio y a través del ministerio de sus apóstoles y discípulos. Estas leyes o normas de conducta están contenidas en las escrituras del Nuevo Testamento o Nuevo Pacto.
La ley de Cristo contiene una revelación más clara de la ley de Dios, y una norma de conducta para Su pueblo más elevada que la de la ley de Moisés. Además, el Nuevo Testamento provee ciertas bendiciones que el Antiguo Testamento no pudo proveer: la seguridad del perdón de los pecados, el don del Espíritu Santo, etc., etc. Estas bendiciones proporcionan el motivo y el poder necesarios para una mayor obediencia a la ley de Dios.
Pablo, en Gálatas 3:23–4:11, muestra que la ley de Moisés fue el ayo de Israel (el custodio, el tutor); pero ahora que “la fe” (el Nuevo Pacto) ha venido, el pueblo de Dios no está bajo tal tutela, pues ha sido adoptado como hijos y están bajo la dirección del Espíritu Santo. Los santos bajo la ley de Moisés eran tratados como hijos faltos de madurez, por el hecho de que estaban regidos por leyes minuciosamente detalladas; mientras que los santos bajo la ley de Cristo son tratados como hijos en plena madurez y son guiados por principios y normas de conducta más amplios. Por lo tanto, los creyentes del período presente tienen mucha más libertad y, consecuentemente, más responsabilidad que los creyentes que vivieron bajo el antiguo sistema (ver Juan 1:17; Mateo 11:7–15, nótese el versículo 11. Ver nota número 11, C, en página 116).
C. Relación del hombre con la ley de Dios
1. En cuanto a salvación:
a. El pecador no salvo está bajo la ley de Dios, no importa en qué manera le haya sido revelada, bien sea escrita en su corazón o bien revelada en las Escrituras. Los hombres perdidos se encaran con la perspectiva de o ser salvos por medio de Cristo, o sufrir la pena que impone el quebrantamiento de la ley. Todo incrédulo está obligado a hacer cuanto la ley ordena, o sufrirá las consecuencias (Gálatas 3:10–12; Romanos 10:5; Santiago 2:10). En el día del juicio, la condenación del hombre perdido será tanto más grande cuanto más grande haya sido la luz bajo la cual haya vivido. Aquellos que vivieron con el conocimiento de la ley de Moisés serán juzgados más estrictamente que aquellos que sólo tuvieron la ley de la conciencia; y aquellos que han conocido la ley de Cristo tendrán que rendir más cuentas que cualquiera de los anteriores (Romanos 2:12, 13; 5:20; Lucas 12:47, 48).
b. El pecador salvo ha sido liberado de la ley en cuanto se refiere a la salvación —desligado de sus requirimientos y maldición—. El creyente no está bajo la ley, sino bajo la gracia (Romanos 6:14, 15; 7:1–6; 10:4).
2. En cuanto a los deberes de los hijos de Dios:
Aún cuando todo el pueblo de Dios —creyentes de todos los tiempos— han sido liberados de la ley en cuanto a salvación, nunca han sido liberados de ella en su aspecto de norma obligatoria. Los santos de todas las edades han estado baja la ley de Dios, pero no todos sirvieron bajo la misma revelación de tal ley.
a. Desde Adam hasta Moisés.
La norma de conducta para los santos que vivieron en este tiempo parece haber sido primordialmente la ley de la conciencia (escrita en el corazón del hombre). En el relato bíblico se encuentran algunas leyes adicionales; pero ha sido revelado muy poco acerca de ellas.
b. Desde Moisés hasta Cristo.
La norma de conducta para el pueblo de Dios que vivió en este período de tiempo, fue la ley de Moisés con sus múltiples y detalladas especificaciones, la cual fue abolida por la muerte de Cristo.22.
c. Desde Cristo hasta el final de los tiempos.
La norma de conducta para los creyentes de hoy está contenida en el Nuevo Pacto. Aun cuando las leyes del Antiguo Testamento son provechosas para su estudio, el pueblo de Dios no está hoy ligado a ellas. Sin embargo, muchos de los principios morales contenidos en la ley de Moisés (el Antiguo Pacto) han sido incluidos también en la ley del Nuevo Testamento, i.e. las leyes que prohiben el asesinato, el adulterio, etc. y así los dos códigos legales, aún cuando diferentes, tienen mucho en común.
VI. LA FUNCIÓN DE LA LEY, ANTES Y DESPUÉS DE LA JUSTIFICACIÓN, ES REVELAR Y CONDENAR EL PECADO, PERO NO PRODUCE, NI PUEDE PRODUCIR, SANTIDAD. 7:7–25
A. Antes de que Pablo fuese converso (salvo), la ley le hizo conocer el pecado y le llevó al convencimiento de su muerte espiritual. 7:7–13
1. Por la ley Pablo conoció el pecado. 7:7, 8
B. Luego que Pablo se convirtió (fue salvo), se deleitó en la ley en lo más profundo de su ser, y la sirvió con su mente; pero encontró que el pecado aún moraba en él forzándole a obrar el mal que, como creyente, había llegado a odiar. 7:14–25
El testimonio del apóstol era que “la ley es espiritual; pero yo soy carnal, vendido al pecado” (7:14). Hodge, explicando lo que quiere decir Pablo, comenta: “Pablo no quiere decir que se había dado voluntariamente al pecado; sino que estaba en condición de esclavo, cuyos actos no son siempre la evidencia de sus inclinaciones. Su voluntad le impulsa en un sentido, pero su dueño le dirije en otro. Lo mismo ocurre con el creyente. Hace lo que aborrece y deja de hacer lo que aprueba vs. 15. Es esta una descripción de lo que es la esclavitud y una clara explicación de lo que implica la expresión ʾvendido al pecado’… Las obras así realizadas, no son el verdadero criterio de un carácter: ʾDe manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí’ (v. 17). Las obras de un esclavo; pero no habiéndolas realizado con el pleno consentimiento de su alma, no resultan ser la expresión verdadera de sus sentimientos.”24 Nótese bien el contraste entre el voluntario siervo del pecado, en 6:16, 17 (perdido), y el involuntario, en 7:14–25 (salvo).
1. Pablo describe su lucha con el pecado que mora en él. 7:14–23
a. Los dos principios antagónicos en la naturaleza de Pablo.
1. El principio carnal: “Mas yo soy carnal, vendido al pecado” (v. 14); “En mi carne no mora el bien” (v. 18); “con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la del pecado” (v. 25). “Yo soy carnal, significa yo estoy bajo el poder de la carne; y por carne no se da a entender el cuerpo ni tampoco nuestra naturaleza sensual, sino nuestra naturaleza entera, caída, corrupta.25
2. El principio espiritual: “Me deleito en la ley de Dios” (v. 22); “así que, con la mente sirvo a la ley de Dios” (v. 25). Al reconocer Pablo dos principios contradictorios en el nuevo hombre, el apóstol habla como si dentro de él existieran dos personas representadas en ambos casos por “Yo”: El uno es Yo (mi carne; el otro es Yo, mi hombre inter or. Por hombre interior debe entenderse el “nuevo hombre”, bien sea el principio renovado, considerado en sí mismo, o bien el espíritu como renovado.”26
b. Los resultados de estos dos principios contradictorios.
1. El principio carnal: “Porque lo que hago no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago” (v. 15); “mas con la carne sirvo a la ley del pecado” (v. 25). Nótense los versículos 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21, 23, 24, y 25.
2. El principio espiritual: “Queriendo yo hacer el bien” (v. 21); “me deleito en la ley de Dios” (v. 22); “yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios” (v. 25). Nótense los versículos 15, 16, 18, 19, 20, 21, 22, 23 y 25.
2. Pablo confiesa su condición miserable, al mismo tiempo que da gracias a Dios por Jesucristo, quien le librará completamente del poder y la presencia del pecado. 7:24, 25a.
VII. LOS JUSTIFICADOS, NO OBSTANTE ESTAR AFLIGIDOS POR EL PECADO Y EL QUEBRANTO MIENTRAS PERMANECEN EN ESTE MUNDO, ESTÁN, SIN EMBARGO, SEGUROS “EN CRISTO”. PARA AQUELLOS QUE SON POSESIÓN DEL ESPÍRITU SANTO LA SALVACIÓN ES CIERTA Y SEGURA, PORQUE LA OBRA DEL ESPÍRITU EN ELLOS ES LA PRUEBA DE QUE HAN SIDO PREDESTINADOS PARA LA GLORIA ETERNA. NADA PUEDE SEPARARLES DEL AMOR DE DIOS. 8:1–39.
Hodge presenta como tema del capítulo “la seguridad de los creyentes”; y dice: “Aquí se ve que la salvación de aquellos que han renunciado a la ley, y han aceptado el clemente ofrecimiento del Evangelio, es absolutamente cierta. Todo el capítulo es una serie de argumentos maravillosamente establecidos para probar esta seguridad. Cada uno de ellos está trazado y dirigido hacia la gran fuente de esperanza y seguridad, el inmerecido e inmutable amor de Dios en Cristo Jesús. La declaración está contenida en el primer versículo: ʾAhora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.’ Nunca los tales serán condenados ni perecerán.”
A. Por su identificación con Cristo, los creyentes (no obstante ser inherentemente pecadores) han sido liberados de la ley y, por tanto, no pueden ser condenados. Por esto su salvación es cierta. 8:1–4
2. La razón por la que no hay condenación para aquellos que “están en Cristo Jesús” es la de que han sido librados (“justificados” en griego) de la ley de Dios por medio del Evangelio de Jesucristo. 8:2.
a. Hodge observa que “la ley del Espíritu de Vida es el Evangelio, i.e., la ley de la cual es autor el Espíritu que da vida”.31 Haldane y Moule concuerdan con esta interpretación de la frase. Moule escribe: “Es la Regla Divina de la Justificación, la cual, por sí sola, quita ʾtoda condenación’, haciéndose así ʾuna ley’ en el sentido de ʾprocedimiento fijo’.” 8:2a.32
b. La “ley de pecado y muerte” hace aquí referencia a la ley de Dios, la cual, como hicimos notar en 7:7–13, trajo a Pablo al conocimiento de pecado y de muerte. “Pero yo no conocí el pecado, sino por la ley (…) pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí; y hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte” (7:7, 9, 10). 8:2b.
Hodge interpreta los versículos 1 y 2 de la siguiente manera: “No hay condenación para aquellos que están en Cristo, porque han sido liberados en Él, por el Evangelio del Espíritu que da vida, de la Ley, que aunque buena en sí, es, a causa de nuestra corrupción, la fuente de pecado y muerte.”33
3. Para que los creyentes pudieran ser liberados de la culpa o condenación del pecado, Dios envió a Su propio Hijo al mundo (en naturaleza pecadora igual a la del hombre, pero no pecaminosa en sí misma. Ver Hebreos 2:14–18; 4:15). Cristo se dio a Sí mismo en sacrificio por el pecado. y lo anuló legalmente, liberando así a Su pueblo de la culpa del mismo. 8:3.
4. Como resultado del sacrificio de Cristo, el requerimiento justo (la demanda) de la ley se ha cumplido completamente en aquellos que están unidos a Él. Esto, naturalmente, se debe al hecho de que lo que Cristo hizo, lo hizo en sustitución y representación de Su pueblo, y, por lo tanto, les fue contado (imputado) como si hubieran sido ellos mismos quienes lo hubieran hecho. 8:4.
B. Los creyentes son poseídos por el Espíritu Santo quien los ha regenerado, quien los santifica y quien los resucitará en el último día
La obra del Espíritu Santo en el cristiano tiene un triple aspecto: pasado, presente y futuro. Por medio de la regeneración, el Espíritu Santo vivifica espiritualmente al incrédulo y lo lleva a creer en Jesucristo. El Espíritu continúa su labor a través del proceso de santificación por medio del cual imparte al creyente fortaleza y guía espiritual. La santificación comienza con la regeneración y no cesa hasta la muerte. En la resurrección el Espíritu dará vida al cuerpo mortal del creyente cuando el mismo Espíritu lo levanta de entre los muertos.
1. Aquellos que “andan conforme a” (v. 4); “piensan en las cosas de” (v. 5); y “se ocupan de” (v. 6), la carne, están espiritualmente muertos y, por lo tanto, son enemigos de Dios y de Su ley (v. 7 y 8). El término “carne” se usa aquí para señalar la naturaleza pecadora del hombre caído. A pesar de que el cristiano está aún bajo la influencia de la carne (su naturaleza caída), “la carne” ha dejado de ejercer su dominio sobre él. Lo carnal no es el signo de su vida como lo era antes de haber sido vivificado y fortalecido por el Espíritu Santo.
2. El creyente “anda” y “vive” conforme al Espíritu (v. 4, 5, 6, 9–11). La persona salva no vive bajo las normas y dictados de la carne, sino que su vida es regulada por el Espíritu Santo, quien mora en él, y gobierna el “hombre interior”. El creyente continúa afligido por el pecado que mora en él. A pesar de que su cuerpo está muerto al pecado y a la culpa del mismo, su espíritu vive por la justicia que le ha sido imputada.
C. Los creyentes (por medio de la adopción) son, en su estado presente, hijos de Dios y, por tanto, co-herederos con Cristo. 8:12–17
Por el Espíritu, los creyentes han muerto a las obras del cuerpo (i.e., obras de la carne. Ver Gálatas 5:16–24). Sólo aquellos que resisten al pecado, los que son guiados del Espíritu, y que sufren con Cristo, son verdaderos creyentes (vs. 13, 14, 17).
D. Aún cuando los creyentes han de sufrir aflicciones en esta vida, son confortados y sostenidos por la ayuda y ánimo que les viene de Dios. 8:18–28.
1. Los sufrimientos del presente no tienen comparación con la gloria venidera —y aún cuando ahora gimen en lo más profundo a causa del pecado y el quebranto, viven en la esperanza y aguardan con paciencia la redención de sus cuerpos, cuando serán glorificados (serán semejantes a Cristo). 8:18–25.
2. El Espíritu Santo ayuda a los creyentes en sus flaquezas y sufrimientos enseñándoles a orar y mostrándoles por lo que han de orar. Hodge, al referirse a la obra intercesora del Espíritu Santo, declara que, interceder es la acción de abogar en favor de alguien (…) El Espíritu, en general, hace con nosotros lo que un abogado haría por sus clientes, esto es, informarles lo que tienen que decir, y la forma en que deben presentar su causa; y es en este sentido como debe interpretarse y entenderse el presente pasaje. No sabemos cómo orar, pero el Espíritu nos enseña. Toda oración verdadera se debe a la influencia del Espíritu, quien no sólo nos guía en la selección de las cosas por las que orar, sino que también nos da el deseo de hacerlo, y obra en nosotros la necesaria fe sin la cual nuestras oraciones serían vanas. No debemos suponer que el Espíritu mismo es quien ora, o quien profiere los gemidos indecibles a los que se refiere el apóstol Pablo aquí, sino que el Espíritu hace lo que nos impulsa a nosotros a hacer.34 8:26, 27.
3. A los creyentes se les asegura que a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien. 8:28.
Haldane, comentando este versículo tan conocido, dice: “Si todas las cosas ayudan a bien, no hay nada que no sea ventajoso, de una forma u otra, para los hijos de Dios (…). La creación del mundo, la caída del hombre y su redención, todos los actos de la Providencia, sean favorables o adversos, todos los acontecimientos, todas las cosas, cualesquiera que ellas sean, ayudan a bien (…). No obstante debemos señalar que las cosas, en sí mismas, no obran; es Dios quien hace que ellas sean para el bien de Sus hijos. Las aflicciones de los creyentes contribuyen a este fin de una manera más peculiar.”
“Aun los pecados de los creyentes obran para su bien, no por causa de la naturaleza del pecado, sino por la bondad y poder de Aquél que de las tinieblas saca luz. A través de toda la Escritura leemos la gran maldad del pecado, y a lo largo de toda ella se nos advierte solemnemente que no debemos pecar; por todas partes se nos dice que el pecado lleva aparejado castigo, aún para aquellos que son rescatados de su poder condenatorio. Sin embargo, no es el pecado en sí mismo quien obra lo bueno, sino Dios quien gobierna y regula sus efectos sobre Sus hijos, mostrándoles, por medio del pecado, qué es lo que hay en sus corazones, al mismo tiempo que les enseña su entera dependencia de Él y la necesidad de andar más cerca de Él…”
“Pero si nuestros pecados nos ayudan a bien, ¿deberemos pecar para que la gracia abunde? Desechemos semejante pensamiento, pues esto sería malinterpretar enteramente la gracia de Dios y convertirla en ocasión para ofenderle”35
La promesa contenida en Romanos 8:28 puede ser reclamada por aquellos que “aman” a Dios; los que han sido “llamados conforme a Su propósito”.
E. Los creyentes tienen asegurada su salvación final puesto que han sido predestinados a gloria eterna. 8:29, 30
Cada individuo que ha sido llamado por el Espíritu de Dios y justificado por la fe, puede tener la seguridad de que Dios le ha amado desde antes de la fundación del mundo, y de que ha sido señalado (ordenado) para vida eterna. Como se prueba en Romanos 8:29, 30, el ser “llamado” y “justificado” es el resultado y, por lo tanto la evidencia, de haber sido predestinado para gloria eterna.
Los creyentes han sido predestinados para ser conformados a la imagen del Hijo de Dios. Esta conformidad (ser hecho igual que Cristo) tendrá lugar cuando los santos sean glorificados en la resurrección, en la segunda venida de Cristo (cf. Romanos 8:17–23; 1 Corintios 15:49, 51–57; Filipenses 3:20, 21; 1 Juan 3:2). Han sido predestinados a fin de que Cristo “pueda ser el primogénito entre muchos hermanos” (ver Hebreos 2:10–17 cf. también Colosenses 1:15, 18; Hebreos 1:6; Apocalipsis 1:5. Ver Nota núm. 7. en la p. 89).
Nótese la cadena de eventos: Aquellos a quienes Dios (1) antes conoció, fueron (2) señalados u ordenados, y a su tiempo, (3) fueron llamados y (4) justificados, y (5) glorificados. Esta cadena es tan indisoluble que el último eslabón aparece como un hecho consumado debido a que los cuatro restantes lo son en sí mismos.36 El número exacto de aquellos a quienes Dios conoció antes de que el mundo comenzara serán los glorificados, ni uno más, ni uno menos, y todos ellos deberán pasar y pasarán a través de estas cinco etapas. Como un ejemplo ilustrado supongamos que Dios preconoció 100 individuos, entonces predestinó a 100, llamó a 100, justificó a 100 y glorificó a 100. Ni uno más es añadido, ni uno más es quitado. Traerá a salvación a cada individuo sobre el que Él hubiera puesto Su corazón (o amado) antes de que el mundo existiera.
F. Si Dios está por los creyentes, nadie puede estar eficazmente en contra de ellos. 8:31–34
1. Que Dios está con los creyentes es innegablemente cierto dado que entregó a Su propio Hijo para morir por los pecados de ellos. Ciertamente, Dios no habría dado lo que más preciado le era en favor de Sus elegidos para después otorgarles bendiciones menos preciosas. 8:31, 32.
2. El pueblo de Dios ha sido absuelto en Su Tribunal de Justicia de la culpa de todos sus pecados. Dado que la justicia de Dios ha sido satisfecha completamente, ¿quién acusará o condenará a los creyentes? ¿Condenaría Cristo Jesús al pueblo que amó tanto y por quien se dio a Sí mismo, resucitó, y por quienes está ahora intercediendo? 8:33, 34.
G. El amor de Dios por su pueblo es infinito e inmutable, y nada en toda la creación podrá separar al creyente de dicho amor. 8:35–39.
“Esta es la última faceta o etapa en el climax del argumento del apóstol; la misma cima de aquella gran montaña que rezuma confianza, desde la cual ve abajo a sus enemigos totalmente impotentes, y mira hacia adelante y hacia arriba con la seguridad plena de un triunfo final y perfecto. Nadie puede acusarnos, nadie puede condenarnos, nadie puede separarnos del amor de Cristo.”37 (cf. el lenguaje de Pablo en Romanos 8:35–39 con las palabras de Cristo en Juan 10:27–30.)
Haldane concluye sus comentarios sobre el capítulo ocho con estas palabras: “Los sentimientos del creyente, vistos en Cristo, como se describen al final de este capítulo, ofrecen un notable contraste con lo que se dice al final del capítulo anterior, donde se ve al creyente en sí mismo, en sus propias fuerzas. Contemplándose como lo que es, como pecador, el creyente exclama en su gemido: ʾ¡Miserable hombre de mí!’ Mas viéndose a sí mismo justificado en Cristo, el creyente osa preguntar: ʾ¿Quién me acusa?’ ʾ¿Quién es el que me condena?’ La persona que ama a Dios bien puede desafiar al universo entero a que le separe del amor de Dios que es en Cristo Jesús, su Señor. A pesar de que al presente toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto, a pesar de que el creyente mismo gime dentro de sí, a pesar de todo esto, todas las cosas le ayudan a bien. El Espíritu Santo está intercediendo por él en su propio corazón; Jesucristo está intercediendo por él delante del trono de Dios; el Dios Padre le escogió en la eternidad, le ha llamado, le ha justificado y finalmente le coronará con gloria. El apóstol Pablo dio comienzo a este capítulo declarando que no hay condenación para los que están en Cristo Jesús; y lo concluye con la seguridad triunfante de que no hay separación posible entre el creyente y el amor de Dios. La salvación del creyente es completa en Cristo, y su unión con Él es indisoluble.”38
En Romanos 8, Pablo fundamenta la doctrina de la eterna seguridad de los creyentes en siete argumentos irrefutables. En la diapositiva vemos como se presenta cada argumento, empezando de arriba a abajo, descansa en el que le sigue, de tal forma que, cuando se les ve en conjunto, presentan un fundamento indestructible. El capítulo comienza con NO HAY CONDENACIÓN, “en Cristo”, y termina con NO HAY SEPARACIÓN del amor de Dios, “en Cristo”.
