El crecimiento de una Iglesia sana (Parte 1)

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Liderazgo, Trabajo, Orden, Sometimiento

Textos bases:
1 Tesalonicenses 5:12–24 (BTX)
Y os instamos, hermanos, a que respetéis a los que trabajan entre vosotros, y tienen cuidado de vosotros en el Señor, y os amonestan;
que los tengáis en alta y amorosa estima a causa de su obra. Tened paz los unos con los otros.
Hermanos, también os exhortamos para que amonestéis a los desordenados, animéis a los desanimados, seáis apoyo de los débiles, pacientes con todos.
Mirad que ninguno devuelva a otro mal por mal, sino procurad siempre lo bueno los unos para con los otros, y para con todos.
¡Regocijaos siempre!
Orad sin cesar.
Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para vosotros en Cristo Jesús.
No apaguéis el Espíritu.
No menospreciéis las profecías,
sino examinadlo todo; retened lo bueno.
Absteneos de toda especie de mal.
Y el mismo Dios de paz os santifique completamente, y todo vuestro ser: espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible en la venida de nuestro Señor Jesucristo.
Fiel es el que os llama, el cual también lo hará.
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Texto Base (Serie 1):
vs.12 Y os instamos, hermanos, a que respetéis a los que trabajan entre vosotros, y tienen cuidado/presiden de vosotros en el Señor, y os amonestan;
vs.13 que los tengáis en alta y amorosa estima a causa de su obra.
Los apóstoles hicieron del liderazgo una alta prioridad para las iglesias desde el principio. Pablo delineó en sus cartas a Timoteo y Tito los requisitos y deberes de tales líderes (1Ti 3:1–7; Tito 1:5–9).
En el Nuevo Testamento hay cuatro términos básicos para identificar y describir a los líderes eclesiales.
Primero, está el término conocido anciano (πρεσβύτερος presbyteros), con el cual se caracteriza a los líderes sabios y maduros espiritualmente (Hch. 15:2; 20:17; 1 Ti. 5:17, 19; Tit. 1:5; Stg. 5:14; 1 P. 5:1, 5; 2 Jn. 1; 3 Jn. 1).
Segundo, está la palabra obispo (episkopos; Hch. 20:28; Fil. 1:1; 1 Ti. 3:1–2; Tit. 1:7), describe la supervisión y autoridad del líder espiritual.
Tercero, el término conocido pastor (ποιμήν poimēn) enfatiza la responsabilidad del líder para alimentar y proteger a su rebaño (Ef. 4:11; cp. Mt. 9:36; Mr. 6:34).
Finalmente, el término líder (hegemōn) indica que el líder eclesial debe ser capaz de proveer discernimiento y guía espirituales para su rebaño (cp. He. 13:7, 17, 24).
Poner a tales hombres en posiciones de liderazgo dentro de la naciente iglesia era esencial (cp. Hch. 14:23), pero la tarea no era fácil. En Tesalónica, como en otras ciudades greco-romanas donde Pablo había sembrado iglesias, era difícil encontrar líderes cualificados. Primero de todo, la iglesia tenía menos de un año y estaba compuesta principalmente de nuevos conversos.
Por tanto, había pocos miembros (si es que había alguno) con la madurez y sabiduría suficiente para articular la verdad y dirigir a la congregación con discernimiento. No obstante, el apóstol Pablo ejerció su autoridad (cp. Hch. 13:1–3; 15:22–29; 16:1–5; 2 Co. 10:8, 14) y discernimiento recibidos del Espíritu, e identificó a ciertos hombres capaces y los comenzó a capacitar para ser ancianos.
Aunque 1 Tesalonicenses no menciona ancianos, obispos, pastores o líderes, están implícitos como los que presidían en el Señor a los tesalonicenses.Segundo, encontrar ancianos cualificados entre los tesalonicenses era difícil porque, en general, los creyentes nuevos eran personas comunes y corrientes. Muchos de ellos eran esclavos, no acostumbrados a las responsabilidades del liderazgo. Así, tendrían que aprender a crecer espiritualmente y desarrollarse como líderes al mismo tiempo.La dificultad en identificar ancianos cualificados en Tesalónica llevó a un conflicto dentro de la iglesia (1 Tes 5:14–15).
Al parecer, algunos del rebaño no se sometían a los nuevos líderes, preguntándose por qué otros creyentes igual de nuevos en Cristo tenían autoridad sobre ellos. Aunque ese conflicto no era una amenaza a la vida de la iglesia (como sí lo eran las divisiones y los excesos carismáticos en la iglesia de Corinto), era suficientemente serio para que Pablo quisiera resolverlo tan pronto como fuese posible. En buena parte, la resolución de ese conflicto radicaba en el cumplimiento apropiado de las funciones de los pastores y de la congregación.
Por eso, Pablo amonestó a los tesalonicenses con respecto a la relación entre pastores y ovejas, comenzando con la responsabilidad del pastor por las ovejas.
Como el asunto era nuevo para los tesalonicenses, y considerando que estaban creciendo espiritualmente y volviéndose modelos para otras iglesias (1 Tes 1:7–9), Pablo planteó el tema amablemente. Os rogamos, hermanos, era un acercamiento amable y amigable del apóstol. No es la expresión forzosa de la autoridad apostólica que Pablo podía usar (Hch 13:9–11; 27:21–26; 1 Co 1:10; 5:1–8; 11:17–22; 2 Co 2:8–11; Gá 1:6–9; 3:1–9); era más la solicitud de un buen amigo; también es la misma expresión que utilizó en 4:1 (véase la explicación de ese versículo en el capítulo 8).
Los tesalonicenses lo estaban haciendo bien; esta era tan solo una solicitud para animarlos a hacerlo aún mejor. Por eso, Pablo habló a la iglesia sobre tres responsabilidades de los pastores con las ovejas: trabajar entre ellas, ejercer autoridad sobre ellas y amonestarlas.
LA RESPONSABILIDAD DE TRABAJAR:
...a los que trabajan entre vosotros (5:12b)
Trabajan proviene de kopiaō, que significa exhibir gran esfuerzo y ahínco, hasta el punto de sudar o quedar exhausto. El pastor fiel trabaja duro entre su pueblo y lo ministra como lo haría un pastor con sus ovejas o como un padre guía a su familia. Los pastores espirituales deben proclamar el evangelio (2 Ti. 4:5), explicar la verdad y aplicarla (1 Ti. 3:2; 2 Ti. 4:2; Tit. 1:9), advertir y amonestar a las ovejas (cp. Ro. 15:14; Col. 1:28; 3:16; 1 Ts. 5:14) y aconsejarlas a partir de las Escrituras (2 Ti. 3:16–4:4; cp. Pr. 17:17; 27:6, 9, 17).
El apóstol Pablo era el ejemplo consumado de tal pastor concienzudo y trabajador diligente, y ya había declarado: “Porque os acordáis, hermanos, de nuestro trabajo y fatiga; cómo trabajando de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el evangelio de Dios” (1 Ts. 2:9; véase la explicación de este versículo y los dos versículos precedentes en el capítulo 3).
Entonces, en su segunda carta a los tesalonicenses, Pablo les ordenó: “[Apartaos] de todo hermano que ande desordenadamente, y no según la enseñanza que recibisteis de nosotros. Porque vosotros mismos sabéis de qué manera debéis imitarnos; pues nosotros no anduvimos desordenadamente entre vosotros” (2 Tes 3:6–7). Pablo trabajaba haciendo tiendas para sostenerse (Hch. 18:3), no porque no tuviera el derecho a recibir compensación por su trabajo ministerial, sino para servir de ejemplo a los creyentes de alguien que trabajaba duro y no quería ser carga indebida para nadie (cp. 1 Co. 9:1–15).
Se espera de los pastores que ministren con diligencia a su pueblo y trabajen duro en sus labores (cp. 1 Co. 3:13). Pablo sabía que si iba a enseñar a los tesalonicenses a hacer las dos cosas, debía ser un buen ejemplo de alguien que las hiciera.
En la exhortación de despedida de Pablo a los ancianos de Éfeso, les recordó varias veces con cuánta diligencia había trabajado entre ellos:
Vosotros sabéis cómo me he comportado entre vosotros todo el tiempo, desde el primer día que entré en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad, y con muchas lágrimas, y pruebas que me han venido por las asechanzas de los judíos; y cómo nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas (Hch. 20:18–20; cp. Col. 1:28; 1 Ti. 4:10).
Por tanto, velad, acordándoos que por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno (Hch. 20:31; cp. 1 Co. 15:10).
Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado. Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido. En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir (Hch 20:33–35).
Pablo era el modelo de ministerio servicial y diligente que debería caracterizar a todo pastor. El liderazgo exitoso de la iglesia llega para quienes están dispuestos a trabajar hasta el cansancio por la causa de los mandatos divinos y de los objetivos espirituales, aceptando la proclamación del evangelio, el establecimiento de las iglesias y la edificación de los creyentes.
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