LA ORACIÓN DE JESÚS, Juan 17 (3)
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Juan 17.
Mostrarles tres razones por la cuales Jesús oro
1. La Oración Por Sí Mismo, Juan 17:1-5.
A. Para ser glorificado, Juan 17:1,6.
B. La potestad para dar vida eterna, Juan 17:2-4.
¿Qué es la vida eterna? Juan 17:3.
Que conozcan a Dios y a Jesucristo.
Interpretación. Cuando termina la Última Cena Jesús acude al Padre en oración, plenamente consciente de que “ha llegado la hora” (17:1). Lo primero que tiene Cristo en Su corazón al orar es, justamente, no Él mismo sino la gloria de Dios. Así, ora: “Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti” (17:1) y añade: “Yo te he glorificado en la tierra, y he llevado a cabo la obra que me encomendaste” (17:4) y nuevamente ora: “glorifícame en tu presencia con la gloria que tuve contigo antes de que el mundo existiera” (17:5).
2. La Oración Por Sus Discípulos, Juan 17:6-19.
A. Lo que les dio a conocer, Juan 17:6-10.
B. Para que los guarde en unidad, Juan 17:11.
C. Para que tengan el gozo de Cristo cumplido, Juan 17:13b.
D. Para que los guarde del mal, Juan 17:15-16.
E. Para que los santifique en la verdad, Juan 17:17-19.
3. La Oración Por Los Que Van A Creer, Juan 17:20-26
Por la palabra de los apóstoles. Todos los creyentes.
A. Para que todos sean uno, Juan 17:20-23.
B. Para que estén donde Él esta, Juan 17:24-25.
C. Para que el amor de Cristo este en ellos, Juan 17:26.
Jesús ora por todos los creyentes (Juan 17:20–26).
Interpretación. La clave a la comprensión de esta parte de la oración de Cristo que contiene el pedido específico de Jesús por los cristianos de toda la iglesia, está en las palabras “para que todos sean uno.
Padre, así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (17:21). La “completa unidad” que hemos de experimentar es como la del Padre y el Hijo.
Algunos pasajes del Evangelio de Juan nos ayudan a entender la naturaleza de esa unidad, como la experimentó Jesús en Su vida en esta tierra:
■ Juan 5:19–20: “Ciertamente les aseguro que el hijo no puede hacer nada por su propia cuenta, sino solamente lo que ve que su padre hace, porque cualquier cosa que hace el padre, la hace también el hijo. Pues el padre ama al hijo y le muestra todo lo que hace”.
■ Juan 6:38: “Porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad sino la del que me envió”.
■ Juan 8:28–29: “No hago nada por mi propia cuenta, sino que hablo conforme a lo que el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo; no me ha dejado solo, porque siempre hago lo que le agrada”.
■ Juan 12:44–45: “El que cree en mí — clamó Jesús con voz fuerte —, cree no sólo en mí sino en el que me envió. Y el que me ve a mí, ve al que me envió”.
■ Juan 14:9–11: “¡Pero, Felipe! ¿Tanto tiempo llevo ya entre ustedes, y todavía no me conoces? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo puedes decirme: ‘Muéstranos al Padre’? ¿Acaso no crees que yo estoy en el Padre, y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les comunico, no las hablo como cosa mía, sino que es el Padre, que está en mí, el que realiza sus obras. Créanme cuando les digo que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí”.
En esencia, la unidad de Jesús con el Padre Le permitía vivir Su vida humana en el mundo en completa armonía con la voluntad del Padre.
Observe la correspondencia de este lenguaje con lo que leemos en Juan 17:21. Jesús habló antes de estar en el Padre y del Padre, que está en Él. Ahora, Él ora “así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros”. Y antes de pedir que los creyentes “alcancen la perfección en la unidad”, define esa unidad pidiendo nuevamente “que sean uno, así como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí” (17:22–23).
La perfecta unidad por la que ora Jesús no es la unión organizativa de las iglesias, sino más bien la unión individual de los creyentes, individualmente con el Padre y el Hijo. Una unión en la que nos sometemos a la voluntad del Padre y la cumplimos. Una unión que permite que Cristo actúe a través de nosotros y por ello “el mundo reconozca que tú me enviaste y que los has amado a ellos tal como me has amado a mí” (17:23).
Así, Juan 17 retoma el tema de Juan 15. Allí Cristo se refirió a Sí Mismo como la vid, y a los creyentes, como las ramas, y destacó la importancia de permanecer en Él al decidir expresar nuestro amor por Él mediante una respuesta siempre obediente a Sus enseñanzas. Aquí Jesús ora al Padre pidiendo que lo que es potencial en la unión que la fe crea entre el creyente y el Señor pueda concretarse en nuestra experiencia.
Aplicación. Usted y yo podemos tener relaciones personales cercanas y cálidas con creyentes de otras tradiciones. Es posible, no porque pongamos los puntos doctrinales sobre las mismas íes, sino porque como hijos del mismo Padre por medio de la fe en Jesús somos hermanos y hermanas llamados a amarnos en lugar de entrar en disputas entre nosotros. Esta unidad de “familia espiritual” sí existe, independientemente de la unión organizativa.
Pero aquí, Jesús está orando no por la unión que usted y yo podamos tener entre nosotros, ¡sino sobre la unión que hemos de experimentar con Él y con el Padre! Esa unión existe porque estamos vinculados por toda la eternidad con Cristo mediante el Espíritu Santo. Y vivimos esa unión cuando nosotros, como Jesús, nos comprometemos a hacer la voluntad del Padre y a responder a Él en todo.
Cuando nos comprometemos a hacer la voluntad del Padre Dios obra a través de nosotros como obró a través de Jesús. Al permanecer con Él, vemos Su gloria. Y la gloria de Dios se ve expresada en nuestras vidas.[2]
[1] Lawrence O. Richards, Comentario histérico-cultural del Nuevo Testamento, ed. Karín Förster y Adrián Aizpiri, trans. Karín Förster y Adrián Aizpiri, Primera Edición. (Miami, FL: Editorial Patmos, 2014), 245.
[2] Lawrence O. Richards, Comentario histérico-cultural del Nuevo Testamento, ed. Karín Förster y Adrián Aizpiri, trans. Karín Förster y Adrián Aizpiri, Primera Edición. (Miami, FL: Editorial Patmos, 2014), 246–247.
