Ciegos que ven
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· 139 viewsDios quiere que todos comencemos de nuevo para que lo podamos conocer. Aquél que nació ciego podía ver a Dios más claramente que los fariseos que estudiaban la Palabra cada día.
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Una buena noticia: Hoy se pueden reír
Una buena noticia: Hoy se pueden reír
Mientras más se rían en la prédica, mejor entenderán las enseñanzas.
A su paso, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron:
—Rabí, para que este hombre haya nacido ciego, ¿quién pecó, él o sus padres?
¿Esto fue un castigo divino?
¿De quién es la culpa?
Juan 9:3–5 (RVR60)
Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar. Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo.
Jesús mismo nos avisa que Dios tiene algo especial para él.
Dicho esto, escupió en el suelo, hizo barro con la saliva y se lo untó en los ojos al ciego, diciéndole:
—Ve y lávate en el estanque de Siloé (que significa: Enviado).
El ciego fue y se lavó, y al volver ya veía.
Sus vecinos y los que lo habían visto pedir limosna decían: «¿No es éste el que se sienta a mendigar?» Unos aseguraban: «Sí, es él.» Otros decían: «No es él, sino que se le parece.» Pero él insistía: «Soy yo.»
—¿Cómo entonces se te han abierto los ojos?—le preguntaron.
—Ese hombre que se llama Jesús hizo un poco de barro, me lo untó en los ojos y me dijo: “Ve y lávate en Siloé.” Así que fui, me lavé, y entonces pude ver.
—¿Y dónde está ese hombre?—le preguntaron.
—No lo sé—respondió.
Todos tenemos nuestro momento extraño con Dios. Podemos tratar de racionalizar cada momento, pero no podemos predecir lo que hace Dios.
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado cuando Jesús hizo el barro y le abrió los ojos al ciego. Por eso los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había recibido la vista.
—Me untó barro en los ojos, me lavé, y ahora veo—respondió.
Algunos de los fariseos comentaban: «Ese hombre no viene de parte de Dios, porque no respeta el sábado.» Otros objetaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes señales?» Y había desacuerdo entre ellos.
Por eso interrogaron de nuevo al ciego:
—¿Y qué opinas tú de él? Fue a ti a quien te abrió los ojos.
—Yo digo que es profeta—contestó.
El ciego no conoce quién lo sanó
Para los fariseos, Dios no sana los sábados.
18 Pero los judíos no creían que el hombre hubiera sido ciego y que ahora viera, y hasta llamaron a sus padres 19 y les preguntaron:
—¿Es éste su hijo, el que dicen ustedes que nació ciego? ¿Cómo es que ahora puede ver?
20 —Sabemos que éste es nuestro hijo—contestaron los padres—, y sabemos también que nació ciego. 21 Lo que no sabemos es cómo ahora puede ver, ni quién le abrió los ojos. Pregúntenselo a él, que ya es mayor de edad y puede responder por sí mismo.
22 Sus padres contestaron así por miedo a los judíos, pues ya éstos habían convenido que se expulsara de la sinagoga a todo el que reconociera que Jesús era el Cristo. 23 Por eso dijeron sus padres: «Pregúntenselo a él, que ya es mayor de edad.»
A veces seguir a Jesús significa que perderemos.
La verdad puede hacer que perdamos.
Por segunda vez llamaron los judíos al que había sido ciego, y le dijeron:
—¡Da gloria a Dios! A nosotros nos consta que ese hombre es pecador.
—Si es pecador, no lo sé—respondió el hombre—. Lo único que sé es que yo era ciego y ahora veo.
Pero ellos le insistieron:
—¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?
—Ya les dije y no me hicieron caso. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿Es que también ustedes quieren hacerse sus discípulos?
Entonces lo insultaron y le dijeron:
—¡Discípulo de ése lo serás tú! ¡Nosotros somos discípulos de Moisés! Y sabemos que a Moisés le habló Dios; pero de éste no sabemos ni de dónde salió.
—¡Allí está lo sorprendente!—respondió el hombre—: que ustedes no sepan de dónde salió, y que a mí me haya abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí a los piadosos y a quienes hacen su voluntad. Jamás se ha sabido que alguien le haya abierto los ojos a uno que nació ciego. Si este hombre no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada.
Ellos replicaron:
—Tú, que naciste sumido en pecado, ¿vas a darnos lecciones?
Y lo expulsaron.
El ciego nunca había leído la Biblia, pero sabía más de ella que los que pasaban leyéndola.
Dios hizo un milagro en su vida, pero sus líderes lo sacaron de su iglesia.
Nadie quiso defenderlo.
Nuestros líderes también pueden fallar.
Jesús se enteró de que habían expulsado a aquel hombre, y al encontrarlo le preguntó:
—¿Crees en el Hijo del hombre?
—¿Quién es, Señor? Dímelo, para que crea en él.
—Pues ya lo has visto—le contestó Jesús—; es el que está hablando contigo.
—Creo, Señor—declaró el hombre.
Y, postrándose, lo adoró.
Entonces Jesús dijo:
—Yo he venido a este mundo para juzgarlo, para que los ciegos vean, y los que ven se queden ciegos.
Tu familia te puede abandonar, tu pueblo te puede ignorar, tu comunidad o la iglesia te puede herir, pero Jesús nunca dejará de buscarte.
A pesar de todo estar en contra de él, el ciego nunca dejó de creer.
“Los ciegos vean y los que vean se queden ciegos” = todos tenemos que empezar desde cero. Las cosas no son como creemos que son.
Cuánto Jesús amó al ciego:
Cuánto Jesús amó al ciego:
Por eso volvió a decirles: «Ciertamente les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que vinieron antes de mí eran unos ladrones y unos bandidos, pero las ovejas no les hicieron caso. Yo soy la puerta; el que entre por esta puerta, que soy yo, será salvo. Se moverá con entera libertad, y hallará pastos. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia.
Cierre
Cierre
Oye, Señor, mi voz cuando a ti clamo;
compadécete de mí y respóndeme.
El corazón me dice: «¡Busca su rostro!»
Y yo, Señor, tu rostro busco.
No te escondas de mí;
no rechaces, en tu enojo, a este siervo tuyo,
porque tú has sido mi ayuda.
No me desampares ni me abandones,
Dios de mi salvación.
Aunque mi padre y mi madre me abandonen,
el Señor me recibirá en sus brazos.
Guíame, Señor, por tu camino;
dirígeme por la senda de rectitud,
por causa de los que me acechan.
No me entregues al capricho de mis adversarios,
pues contra mí se levantan falsos testigos
que respiran violencia.
Pero de una cosa estoy seguro:
he de ver la bondad del Señor
en esta tierra de los vivientes.
Pon tu esperanza en el Señor;
ten valor, cobra ánimo;
¡pon tu esperanza en el Señor!
